Homilía 1 de Enero (Fiesta de Santa María)

A TODOS LOS QUE SEGUÍS ESTE BLOG, MI DESEO Y ORACIÓN PARA QUE TENGÁIS UN AÑO 2012 LLENO DE ALEGRÍA, PAZ Y BIENES

No olvides lo mejor


El final y el comienzo de un nuevo año hace que todos nos preguntemos de alguna manera por la marcha de nuestra vida. Por la dirección que damos a nuestra existencia y a la de la sociedad en la que vivimos. Tiene orientada la existencia quien se ha encontrado con un fin, con un objetivo.

De los objetivos para nuestra vida se habla en la narración siguiente:

Una mujer caminaba hacia su casa por el bosque. Caminaba con su pequeño al que sujetaba a su espalda con un gran pañuelo. La mujer era muy pobre y como todas las tardes pensaba cómo se las arreglaría para preparar algo de cena. De repente junto al camino vio una cueva con una puerta entreabierta. Se asomó para ver lo que allí se guardaba y asombrada se topó con un baúl con un gran tesoro. Con una parte pequeña de ese tesoro se acabaría su pobreza y sus dificultades. De repente una voz sonó en la cueva: “Toma todo lo que puedas llevarte, pero no te olvides de lo mejor”. Para tener libres las manos dejó al niño sobre el suelo y comenzó a recoger piedras preciosas y monedas de oro. La voz le decía: “Solamente tiene cinco minutos de tiempo para coger lo que puedas llevarte. Cuando suene la campana tienes un minuto para salir. Luego se cerrará la puerta. Pero no olvides lo mejor”. La mujer recogió todo lo que pudo en su delantal mientras corría hacia la puerta escuchando la voz que le decía: …No olvides lo mejor. Llegó a la salida de la cueva y la puerta se cerró tras ella. El fresco de la noche le golpeaba su cara que sonreía pensando que al fin su hijo no pasaría más necesidad. De repente algo le apretó el estómago…el niño…se lo había olvidado en la cueva.

La narración tiene un final trágico, pero lo que importa en ella no es el final. Es la frase que se repite: “No olvides lo mejor”. Es una frase para pensar al comienzo de este año. Con frecuencia en la vida, corremos tras cosas que no son importantes, o son secundarias, y nos olvidamos de lo mejor. Por eso al principio de este nuevo año tenemos que hacer propósito de tener siempre ante nuestros ojos las cosas que realmente importan. No perder de vista lo que vale y cuenta de verdad.

En la vida necesitamos ordenar las cosas por orden de importancia. Y los bienes materiales por muy importantes que sean no pueden estar en primer lugar. Ese lugar tiene que estar reservado para los valores que profundizan nuestra humanidad y para las personas que queremos. Lo primero tiene que ser hacer crecer en nuestra persona todo lo que nos humaniza: el bien, la honestidad, la amabilidad, la colaboración con los demás…En el primer lugar de nuestras preocupaciones tiene que estar todas las personas que queremos.

Y también Dios tiene que estar presente en nuestras vidas. El mensaje de la Navidad. El mensaje de este primer día del año, fiesta de Santa María, es que no debemos olvidar al niño- Dios. De María se dice en el evangelio de hoy que guardaba todas estas cosas en el corazón. Ella no olvidaba lo mejor, lo más importante: la relación con Jesús. No podemos olvidar crecer en la fe, fortalecer nuestra relación con Dios.

En algunas versiones la narración tiene un final feliz.

La mujer envuelta en llanto se dirigió a la Virgen María, madre entre las madres, y ella abrió 
de nuevo la puerta de la cueva, para que corriendo la mujer recuperara su hijo.

En esta fiesta de Santa María vamos a pedirle que nos ayude a recuperar todo lo bueno de nuestra vida, y que quizás se haya ido alejando de nuestros intereses a lo largo del año.

MISA DE NAVIDAD Y DEL GALLO


ES NAVIDAD: CAMBIEMOS EL GUIÓN

La Navidad es una fecha apropiada para los cuentos y las leyendas. Aunque sea largo no dejéis de leerlo. A todos los que seguís el blog. Feliz Navidad.

Juan Pedro era el desastre de la clase. Suspendía cuatro y cinco asignaturas. Era temido por todos los profesores pues cada vez que hacía una pregunta solía ser algo tan absurdo que provocaba la risa de todos los compañeros alterando el orden normal de la clase. Y era temido de manera especial por Eva, la tutora pues cada vez que salían a realizar alguna visita Juan Pedro era el que tropezaba en el museo con la papelera tirando todo al suelo, o el que se apoyaba en algún mueble que se derrumbaba con su peso…

Y a pesar de todo esto Juan Pedro era querido por todos. Era un muchacho noble y alegre, cariñoso con todos y siempre dispuesto a hacer favores. Cuando con su cara de pillo y su corazón bondadoso y tierno, decía después de meter la pata, “perdóneme profe”, a las profesores, sobre todo a las profesoras, les parecía que algo acariciaba su corazón.

Uno de los momentos importantes en la vida del colegio era el festival de Navidad. Por clases tenían que representar en el teatro escenas de la Navidad. Eva, la tutora, repartía los papeles y Juan Pedro este año esperaba que le asignaran el de pastor. Pero no. Eva la tutora pensó que la mejor manera de evitar percances era que Juan Pedro interviniera poco en la función, por eso le asigno el papel de hospedero. Era el que tenía que decir a José y a María que no había sitio en la posada.

Los ensayos transcurrieron con normalidad y asombrosamente Juan Pedro hacía su papel correctamente, sin equivocarse ni dar un traspiés en escena. Cuando Silvia y Marco, que hacían de María y José se acercaban a la posada, Juan Pedro les decía muy serio:” Lo siento, estamos al completo. No hay sitio para vosotros”. Marco con voz suplicante decía en su papel de San José: “Pero es que mi mujer va a dar a luz y no tenemos a donde ir…” Y Juan Pedro; respondía: “Ya os he dicho que no hay sitio. Marcharos que está entrando frío con la puerta abierta”.

El día del festival el teatro del colegio estaba lleno a rebosar. Los profesores, las madres y los padres, los compañeros del colegio, sobre todo los de bachillerato, los mayores del cole, abarrotaban el patio de butacas. La función transcurría con normalidad y llegó el turno de Juan Pedro. La escena del posadero. Silvia y Marco que hacían de María y José se acercaron a la posada. José preguntaba si había sitio en la posada para dormir. Juan Pedro respondía muy serio:” Lo siento, estamos al completo. No hay sitio para vosotros”. Marco con voz suplicante decía en su papel de San José: “Pero es que mi mujer va a dar a luz y no tenemos a donde ir…” Y Juan Pedro; respondía: “Ya os he dicho que no hay sitio. Marcharos que está entrando frío con la puerta abierta”. Marco, que hacía de san José, tomó bajo su brazo los hombros de Silvia, y despacio, con la mirada triste y hacia el suelo, caminaban hacia el centro de la escena. Y de repente Juan Pedro….

…comenzó a gritar: “¡No! ¡Volved aquí!...¡Cómo que no hay sitio en la posada! Venid para aquí que ya os encontraré un hueco…y si no os llevo conmigo a casa... Venga volved

Silvia y Marco, que hacían de María y José, se miraban desconcertados sin saber que hacer. El profesor de química que hacía de apuntador en la función gritaba: “Juan Pedro, calla, pero que dices"… Eva la tutora se llevaba las manos a la cabeza y pensaba que una vez más Juan Pedro lo había estropeado todo…En el patio de butacas los asistentes se reían del desconcierto, cuando de repente los que estaban en el fondo, los alumnos de bachillerato, los mayores del cole que solían burlarse de los más pequeños, comenzaron a aplaudir poniéndose de pie. Todo el teatro les siguió aplaudiendo con fuerza a Juan Pedro…Y algunos padres gritaban ¡bravo! ¡Muy bien!…Y hasta la directora aplaudía y miraba a Eva, la tutora, como diciendo que que gran idea esa, la de cambiar el guión....

En el colegio se dice que fue la mejor representación de Navidad, aquella en la que Juan Pedro se atrevió a cambiar el guión…

Juan Pedro hace lo que debemos hacer en Navidad: CAMBIAR EL GUIÓN. El que algunos nos obligan a representar, el que nos impide hacer un mundo fraterno.

Si Jesús nace es para cambiar el guión de la nuestra historia: el que dice que este mundo no puede cambiar, que siempre habrá ricos y pobres, que los seres humanos no podemos entendernos ni convivir

Todos tenemos que cambiar en algún aspecto el guión de nuestra vida: el que nos lleva a cometer los mismos errores, a enfadarnos por las mismas cosas, el que nos impide perdonar o acoger al extraño.

PORQUE ES NAVIDAD VAMOS A CAMBIAR EL GUIÓN DE NUESTRAS VIDAS

4º Domingo de Adviento. Ciclo B. 18de diciembre de 2010. Homilía

Dios vive dónde se le deja entrar

Hoy los cuentos, las leyendas y narraciones vuelven a encontrarse en el punto de mira. Se reeditan, se leen y se analizan. Pero no hace muchos años eran poco valorados. Se les consideraban fantasías que confundían y alejaban de la realidad; que traían ideas del pasado superadas en el momento presente. Hoy muchos señalan que los cuentos y las leyendas son una manera de expresar las aspiraciones y anhelos más profundos de la humanidad.

La Navidad y los relatos del nacimiento de Cristo tienen un aire de leyenda. Y es que para expresar lo que Dios hace con nosotros no sirven solamente los conceptos. También son necesarias las narraciones como las del nacimiento de Jesús que escuchamos en el evangelio de hoy. Es una narración que nos dice como respondieron algunas personas a la llegado de Dios.

A María el ángel le anuncia que el Señor está con ella y le cubrirá con su gracia. Igual que en el Antiguo Testamento Dios acompañaba a Israel, Dios acompaña ahora a María. De este modo significa que Dios es el Dios de la presencia que viene a habitar la vida humana.

La gran noticia de la Navidad es que Dios viven a la historia a través de María. Dios se hace hombre en un ser humano y por un ser humano, por una mujer. Una mujer trae a Dios al mundo. Al Dios que manifestaba su voluntad de presencia en María, ésta no puede responder más que con un sí; con la disponibilidad a acoger a este Dios que viene a nuestra vida.

El nacimiento del Hijo de Dios en María es único. Pero a María le ocurre algo que no le sucede solo a ella, sino que tiene que ver con todo ser humano. Dios es también hoy Dios con nosotros. A cada uno de nosotros hoy el ángel de Dios nos dice: “El Señor está contigo”, Dios quiere vivir en ti.

Dios viene a mi vida cuando le hago sitio. Se cuenta que un profesor de religión preguntó a un muchacho en la clase dónde vivía Dios. Como este joven dudaba y no acababa de responder los otros compañeros de clase se reían y burlaban de él. Y le decían: Pero no sabes que Dios está en todas partes. El muchacho les miró y les dijo: Dios vive dónde se le deja entrar.

Domingo 3º de Adviento. Ciclo B . 11 de diciembre.

La fuente de la alegría

El tercer domingo de adviento es conocido como el domingo de la alegría (el domingo de gaudete se decía antes, utilizando la palabra latina para designar alegría). La iglesia se alegra con el nacimiento de Cristo.

Nos podemos preguntar ¿cómo es posible alegrarse? ¿puede imponerse la alegría o despertarse con una orden? ¿qué es alegría?

En occidente vivimos una cultura en la que la alegría con mucha frecuencia se confunde con diversión, con jolgorio, con fiesta. A veces hasta la palabra diversión viene a sustituir a la alegría. Hoy todo tiene que ser divertido: la escuela, el parvulario, el trabajo, la familia, los viajes, las amistades, las relaciones…Alguien ha dicho que vivimos en la “sociedad de la diversión”.

Con la palabra diversión nos puede pasar como con tantas cosas: que de tanto utilizarla pierda su sentido. Las cosas hay que hacerlas con sentido pero no siempre divierten. Incluso hay cosas que sin ser divertidas uno las tiene que realizar porque también el esfuerzo, el deber, la responsabilidad, son parte de la vida. De tanto hablar de diversión a lo mejor nos olvidamos de las cosas serias de la vida. Y también podemos olvidarnos de aquellos para los que la vida tiene menos diversión porque sufren o atraviesan alguna dificultad.

Para los cristianos la alegría es muy importante porque es una señal de auténtica vida de fe. Para los primeros autores cristianos la alegría era uno de los rasgos de la vida cristiana. Y de todos los santos se dice que eran personas alegres. Es más, la primera palabra de la historia de la salvación es: alégrate, que le dice el ángel a María. Y la última palabra es el aleluya de la resurrección.

Los cristianos podemos vivir la alegría porque hemos encontrado su auténtica fuente. La alegría nace allí donde uno siente que su vida es sostenida, acogida, reconocida y apreciada. La alegría es vida expandida y la vida se expande en la confianza. Dios despierta una confianza que nada la puede derribar. Dios confía en nosotros y nunca se retira. En la vida todos nos sentimos en ocasiones defraudados por personas que nos fallan, por amistades que a veces se olvidan de nosotros, por instituciones…El que nunca falla es Dios. Por eso Dios es la fuente de la alegría y los cristianos, al sentir que Dios sostiene nuestra vida, podemos vivir con alegría en medio de las dificultades. Así lo dice el profeta Isaías en la primera de las lecturas de este domingo cuando dice que se alegra en el Señor.

La alegría no es jolgorio ni diversión. La alegría es paz y serenidad en el corazón; es confianza y libertad. En Jesucristo Dios nos dice que nos ama, que está de nuestro lado, que nos ayuda a hacer un mundo mejor. Por eso no podemos menos de alegrarnos ante el Dios que nace.

II Domingo de Adviento. Ciclo B. 4 de diciembre de 2011. Mc 1, 1-8

Segundo domingo de Adviento


Cuando vamos con prisa algún lugar con mucha frecuencia nos topamos con un obstáculo que hace que nos retrasemos más. A veces conducimos el coche con prisa por llegar a algún lugar y nos encontramos con obras en la carretera, lo que hace que nuestra marcha sea más lenta. O creyendo que vamos a ganar tiempo tomamos un atajo en el que nos acabamos perdiendo, y al final tardamos mucho más a llegar a nuestro destino. Por eso suele contener sabiduría aquel dicho de “si tienes prisa no tomes ningún atajo”.

Las conocidas palabras de Juan el Bautista que escuchamos cada adviento, y que se repiten en este domingo, tienen que ver con este consejo. Juan decía a sus contemporáneos que preparan el camino al Señor, que allanaran sus senderos. Es decir que hicieran transitable el camino, eliminando sus desniveles y obstáculos. Pero Juan no dice que tomaran atajos.

También para otras dimensiones de la vida sirve el consejo de evitar los atajos. Con cierta frecuencia ante una dificultad, en vez de mirarla de frente y resolverla, nos vemos en la tentación de esquivarla o rodearla por un atajo. Pero el atajo no hace más que confundirnos y retrasarnos en la superación de la dificultad.

Juan el Bautista es uno de los que toma la palabra de Dios en serio. Sabe que Dios quiere venir a nuestra vida. Por eso se acuerda de lo que el profeta Isaías decía a Israel cuando estaban desterrados en Babilonia. El profeta anunciaba que Dios iba a llegar para guiar de nuevo a su pueblo hacia la libertad. Juan se acuerda de esas palabras para anunciar la llegada del Mesías. Y entonces –como hoy también- cuando el rey venía a visitar una ciudad se arreglaban las carreteras y los accesos.

Cada adviento escuchamos que Dios viene a nuestra vida, que llama a la puerta de nuestra casa. ¿Tomamos en serio esas palabras? ¿O las recibimos con indiferencia?

Tenemos que preguntarnos qué podemos hacer en nuestra vida diaria para mejorar y acondicionar el camino por el que viene el Señor. Cada vez que levantamos un obstáculo entre Dios y nosotros podemos acordarnos que Dios es misericordioso  y siempre nos da una nueve oportunidad y un nuevo comienzo. Cada vez que pedimos perdón a Dios en el silencio de nuestra oración, en el acto penitencial antes de la eucaristía, o en la confesión, Dios elimina todos los obstáculos que hemos levantado entre Él y nosotros.

Estamos en adviento. Es tiempo de eliminar los obstáculos entre Dios y nosotros.

Domingo 1º de Adviento. Ciclo B . 27 de noviembre de 2011. Mc 13. 33-37

Adviento: 
Tiempo de abrir y cerrar puertas



Los porteros de los edificios suelen ser personas populares. Conocidos por todos son el primer rostro que uno ve al entrar en un edificio. Y el último que despide también.
- Los buenos porteros son los que cultivan el arte de la buena recepción. Te reciben con una sonrisa y con amabilidad, pero sabiendo también mantener una distancia que habla de la importancia y el valor del edificio que custodian.
- Los buenos porteros intuyen la situación de la persona que se acerca y adivinan sus intenciones. Si perciben algún peligro se ponen alerta. Si entreven que vas con prisa, dan un saludo sin entretenerte. Si piensan que no tienes tanta prisa, intentan iniciar una conversación.
- Los buenos porteros suelen ser tranquilos y muy celosos del recinto que les han encargado. Saben ser discretos cuando la ocasión lo requiere y se atreven a darte un consejo si te ven desorientado. A larga hasta se pueden convertir en uno de los mejores confidentes.
- Su tarea es muy importante. Son los que tienen la llave que abre y la llave que cierra.


En el evangelio de este primer domingo de Adviento Jesús nos cuenta una historia de porteros. Un hombre rico se va de viaje. Pero en su ausencia las cosas tienen que seguir funcionando. Por eso reparte a sus criados las tareas. A uno le encarga la portería y le pide que permanezca velando. Que esté atento a lo que sucede. Y precisamente esto es lo que Jesús les pide a sus discípulos. Que velen. Que sean buenos porteros.

Es una buena manera de comenzar el Adviento. En este mundo lleno de actividad y prisa podemos olvidarnos de lo fundamental. Nos podemos olvidar de charlar con aquel con quien siempre nos resultaba difícil hablar; de salir al paso de aquel a quien casi siempre esquivamos; de sacar tiempo para adecentar el portal de nuestra casa y limpiar el polvo y las telarañas acumuladas. En definitiva de hacer de porteros…

Los porteros son los que abren las puertas. La imagen de una puerta abierta está llena de significado. Una puerta se abre y nos muestra una entrada acogedora en la que las personas encuentran un hogar. La puerta abierta es una imagen de acogida, de bienvenida, de sinceridad.

Los porteros son los que cierran puertas. La puerta que se cierra también es una imagen en nuestra vida. Una puerta que se cierra es una invitación a empezar de nuevo, a comenzar a caminar, a salir a la vida…

El Adviento es un tiempo para abrir y cerrar puertas. En este domingo nos tenemos que preguntar ¿a qué y a quienes tengo que abrir la puerta? ¿qué puertas tengo que cerrar definitivamente en mi vida?

Homilía. Domingo de Cristo Rey. 20 de noviembre 2011

El nuevo mundo de Jesús

Un educador que había trabajado en un proyecto de cooperación en un país azotado por la guerra me contaba lo que en una ocasión le sucedió. Paseaba por la calle y se encontró con un grupo de niños que estaban jugando. Entró en conversación con dos de ellos que se escondía detrás de un árbol que se encontraba al borde de la calzada. “¿A qué jugáis?” –preguntó. Y los niños respondieron: “A la guerra”. El les replicó: “No es un buen juego, ¿por qué no jugáis a la paz?”. Cuando todos los niños se agruparon de nuevo uno de ellos dijo: “Es buena idea la que nos ha dicho, vamos a jugar a la paz”. De repente un silencio intenso se apoderó de ellos, se miraron unos a otros, y volvieron a estar en silencio. Rompiendo el silencio uno preguntó: “Y ¿cómo se juega a la paz?”

La anécdota nos recuerda lo que ya sabemos. En la vida humana parece más fácil destruir que construir, derribar que edificar, jugar a la guerra que jugar a la paz. Y nos recuerda que, a veces para construir la paz, la convivencia, unas relaciones humanas más justas, nos faltan referencias y modelos.

Precisamente uno de los sentidos de la fiesta que hoy celebramos es el de recordarnos que en Jesús tenemos una referencia y un modelo para hacer un mundo más pacífico y justo. La fiesta de Cristo Rey nos dice que existe un mundo distinto y nuevo: el de Jesús de Nazaret, el de Dios. En ese mundo rigen principios, normas y leyes distintas a las que con demasiada frecuencia dominan en nuestro mundo. En el nuevo mundo de Jesús no impera la ley de la fuerza, ni de la indiferencia. Rige la ley de la misericordia y del amor.

Los educadores nos dicen que para educar a un niño tenemos que mostrarle valores, referencias que le ayuden en la vida. Educar a un niño no es cobijarlo en un mundo entre algodones. Ayudar a descubrir la vida no es llevarle a MacDonals y decirle que en la vida siempre conseguimos lo que deseamos. Para educar bien a un niño hay que ofrecerle valores que le ayuden a desarrollar su humanidad. Y esos valores se llaman respeto al otro, al más débil; se llaman convivencia, espíritu de colaboración y solidaridad…Donde faltan estas referencias solo habrá codazos y patadas, dureza en nuestras relaciones.

Los primeros cristianos entendieron que Jesús nos llevaba de la mano a un mundo distinto, más luminoso y humano en el que regían las leyes que habían orientado su vida: el perdón, la acogida de toda persona, la compasión…Y por eso llamaron a Jesús rey. Por ser el legislador de ese nuevo mundo.

En la fiesta de hoy debemos preguntarnos bajo qué ley vivimos nosotros. Cuál es la ley que domina nuestra vida. ¿Es la ley del aparentar, o la de la sinceridad? ¿Es la ley de la compasión y la misericordia, o es la ley de la indiferencia y la dureza ante los otros?

33 domingo tiempo ordinario. Ciclo A. Mt 25, 14-30. 13 de Noviembre 2011.


Lo que Dios nos confía


Imaginaros que en un concurso ganáis el siguiente premio. Cada mañana un banco ingresará en vuestra cuenta 1.440 dólares. Como todo premio éste también tiene sus reglas. El dinero lo tenéis que utilizar para gastarlo. No lo podéis acumular ni transferir a otra cuenta. Al final del día se os retirará lo que no hayáis gastado. A la mañana siguiente, al comenzar el nuevo día se, os ingresará de nuevo 1.440 dólares. La segunda regla dice que el premio puede ser retirado un día sin avisar previamente.
¿Qué haríamos cada uno de nosotros con el premio? Seguro que compraríamos todo lo que necesitáramo. Y no sólo para nosotros. También para las personas que queremos. Incluso a lo mejor hasta ayudábamos a alguna institución caritativa.
Este premio no es un cuento. Es realidad. Cada día recibimos 1.440 minutos para utilizarlos como queramos. Los que no utilicemos se perderán para siempre. ¿Qué hacemos con nuestros 1440 minutos diarios? Es hora de empezar a vivir de verdad.

En el evangelio de este domingo escuchamos la parábola de los talentos. Un hombre al ir de viaje reparte su fortuna entre sus servidores. Dos de ellos se arriesgan e invierten lo que les han dado. Otro, por miedo, esconde lo recibido. Al regreso el amo pide cuentas a los servidores y expulsa al que por miedo no ha hecho crecer lo que le había entregado.

En esta narración Jesús nos recuerda lo mucho que hemos recibido en la vida. Según cálculos de los biblistas un talento es el equivalente a 21 kilos de plata y con ello se quiere decir que es impagable lo que Dios nos ha confiado. Un servidor de la parábola no toma en serio esa confianza y por miedo esconde lo recibido.

Dios nos ha confiado mucho. Nos ha confiado el tiempo de nuestra vida y pide que lo empleemos bien y que no lo estropeemos en tonterías. O que por miedo lo escondamos. El miedo, con mucha frecuencia nos paraliza e impide que actuemos. El miedo es un mecanismo de defensa que nos advierte de un peligro. Pero si nos dejamos llevar por ese miedo cerraremos todas nuestras perspectivas de desarrollo y de futuro.

Nos puede asustar el final de la parábola en la que Dios pide cuentas de lo que nos ha confiado. Pero esta parábola no fue dicha para meter miedo sino para llamar a la responsabilidad y a la confianza. Una confianza que nos permita arriesgar para crecer en vez de escondernos asustados.

Nuestra vida es un gran regalo. Y si Dios me hace ese regalo es porque para Él soy muy importante. Ante  Dios no tengo que ganarme su aprecio o mostrar el valor de mi persona. Dios me ama como soy y no tengo que demostrarle nada para recibir su apoyo. Esa confianza me da fuerzas para superar el miedo en la vida y arriesgarme empañándome en el crecimiento de lo que soy.

Dios nos ama tanto que también nos ha confiado otras personas que están cerca de nosotros para les ayudemos a crecer.

Tenemos que preguntarnos en la vida si sabemos los talentos que hemos recibido de Dios y si nos apoyamos en esa confianza de Dios para superar nuestros miedos y arriesgarnos a crecer.

32 domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A. Mt 25, 1-13.

Algo más que una fiesta


Conocemos situaciones en las que alguien con toda la buena intención del mundo se equivoca en su modo de actuar. Hay veces que queriendo ayudar a otra persona nos equivocamos. Recuerdo de alguien que quiso ayudarme una vez a arreglar una rueda de una bicicleta e hizo tanta fuerza que acabó rompiendo la llave con la que intentábamos desmontarla. En esas situaciones a veces decimos educadamente, “la intención era buena pero…”. Recuerdo también a alguien que quiso colaborar en las tareas del hogar con la plancha y acabo quemando la prenda. Tenía buena intención pero acabó destrozando una hermosa blusa.

En la vida es importante tener buena intención. Pero la buena intención no basta. Además de la buena intención hay que saber hacer las cosas; hay que dominar la técnica. El apresurarnos con las cosas, el obrar con ligereza nos lleva a veces a equivocarnos.

En el evangelio de este domingo Jesús nos advierte que no podemos ser ligeros ni apresurados en nuestra manera de acoger el Reino de Dios. Y para explicarnos todo esto pone un ejemplo tomado de cómo se hacían las bodas en su tiempo.

En la época de Jesús la celebración de la boda comenzaba cuando, al atardecer, el novio iba a buscar a la novia a su casa. Allí era esperado por las amigas de la novia que identificaban su rostro ayudadas por lámparas, y después acompañaban a la novia, iluminando el camino, hasta el lugar de celebración. En la historia que Jesús nos cuenta el novio se retrasó y a cinco doncellas que no se habían aprovisionado de reserva se les acabó el aceite. Cuando llegó el novio no pudieron encender las lámparas y se perdieron el banquete.

Jesús nos dice que con el Reino de los Cielos nos ocurre como cuando somos invitados a una boda.

Una invitación de boda es una oportunidad de participar en una fiesta, pero una boda es algo más que una fiesta. Es un acontecimiento social en el que se expresan y fortalecen los vínculos personales de los invitados con los novios. En una boda de lo que se trata es de la relación de amistad y cariño que tenemos con quien nos ha invitado. Por eso hay que saber corresponder adecuadamente con la invitación. Quién piense que la participación en una boda consiste en tener una fiesta con una buena comida y nada más, se equivoca. En una boda se trata de nuestra relación con los novios. Se trata de honrarlos, de participar de su alegría, de acompañar su compromiso. Y todo ello exige un comportamiento adecuado, una manera de vestirse, alguna forma de corresponder a quienes confían en nosotros. A veces por ligereza puede ser que no tengamos en cuenta todos estos aspectos y nos equivoquemos en nuestro comportamiento.

Jesús nos ha invitado a la fiesta de su Reino. Y no podemos actuar con ligereza ante esa invitación. Ser cristiano es algo más que participar en una celebración. Se trata de la vinculación personal con Jesús. Y eso supone tener en cuenta su palabra, dialogar con él, tenerle presente en nuestra vida. Ese es el aceite que tenemos que poner en nuestra vida de fe, el de la relación personal con Jesús.

Solemnidad de Todos los Santos. 1 de Noviembre de 2011

La fiesta de la familia de Dios

Con cierta frecuencia ocurre que la grandeza del ser humano no la manifiestan los grandes personajes de la historia sino aquellos que llevan una vida discreta y oculta, que sin ningún aspaviento viven honrada y agradecidamente, ayudan a los demás, y saben dar de lo suyo a quienes tienen más necesidades.

Por eso, en la fiesta de hoy celebramos que la santidad no la expresan solamente las grandes figuras de la historia de la Iglesia sino también muchos creyentes que han llevado una vida oculta para el gran público.

En la biblia la santidad es uno de los atributos principales de Dios y es uno de los temas principales en los escritos del profeta Isaías. A él le debemos la aclamación que pronunciamos en la liturgia de la Eucaristía (Is 6,3). A menudo asociamos la santidad con la perfección del ser de Dios, pero en el lenguaje bíblico la santidad se suele poner en relación con la misericordia. Y también con su integridad de vida que se expresa en la fidelidad a Israel. Dios es santo porque es misericordioso y fiel.

La santidad humana es reflejo de la santidad de Dios. Por eso la santidad humana también consiste en integridad de vida. En misericordia y fidelidad. 

La fiesta de todos los santos es la fiesta de la familia de Dios. Es la fiesta de quienes en la fe se han asociado a Dios y se han dejado transparentar por su amor. Es la fiesta de tantas personas buenas que han pasado por nuestra vida dejando la huella de la sinceridad, de la honestidad, de la servicialidad. 

De alguna manera la fiesta de todos los santos es también nuestra fiesta. La de quienes en la fe nos unimos a Dios. En esta fiesta de la familia de Dios quienes han vivido en la fe antes que nosotros nos dejan un mensaje. Nos dicen que vayamos por nuestro camino confiando en Dios y siendo fieles al bien.

Homilía 31 Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A. Mt 23 1-12

Palabra de ida y vuelta

Cuando Juan Pablo II visitó Perú algunos movimientos indígenas le hicieron llegar una carta en la que decían que le devolvían la Biblia “porque en cinco siglos no nos ha dado ni amor, ni paz, ni justicia…Por favor tome de nuevo su Biblia y devuélvasela a nuestros opresores porque ellos necesitan sus preceptos morales más que nosotros.”

Estas palabras son duras, y quizás nos pueda parecer que no hacen justicia del todo a una historia complicada y difícil en la que hubo luces y sombras, y en las que la Biblia a veces se utilizó para justificar la dominación y la violencia, pero también para impulsar la defensa de la dignidad de los indígenas.

Pero la anécdota nos muestra que hay personas y colectivos que han sufrido la violencia que otros han ejercido en el nombre del evangelio. Y que los cristianos no siempre vivimos lo que exigimos a los demás.

El gesto de devolver la Biblia nos presenta de manera gráfica algo que siempre tenemos que tener presente. Aquello que exigimos a los demás también nos lo tenemos que exigir a nosotros. Lo que les ocurría a los fariseos y escribas a los que Jesús critica en el evangelio de este domingo, es que ellos hablaban y exigían a los demás, pero no comprometían su vida en lo que decían.

Para Jesús es insoportable una discrepancia total entre lo que se dice y lo que se hace. Por supuesto, que nadie somos coherentes totalmente y no parece posible cumplir sin fallar todos los preceptos evangélicos. Pero lo que Jesús no admite es que se viva esa incoherencia como algo normal y que no nos esforcemos en superarla. Y lo que es peor, que utilicemos la Palabra de Dios y la religión para medrar personalmente, para tener prestigio ante los demás.

Tenemos que tener en cuenta que, a pesar de todo, Jesús no condena a estas personas. Las llama a la conversión. Una conversión que comienza en recibir de vuelta la palabra que se pronuncia. En aceptar la doble dirección de las exigencias, que en ocasiones levantamos a los demás y que también se dirigen a nosotros.

La credibilidad del evangelio y nuestra autenticidad como personas y creyentes depende de que nuestras palabras vayan acompasadas con nuestras acciones. De que tengamos siempre presente que la Palabra de Dios es Palabra de ida  y vuelta.

Homilía 30 domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A. Domingo 22 de octubre de 2011

Amar a Dios y al prójimo

Con frecuencia cuando preguntamos a algún joven por qué ha dejado el domingo de acudir a la iglesia y a misa escuchamos respuestas del tipo, “porque no me dice nada…Además qué más da, lo importante es ser buena persona..” Otros nos recordarán que muchos de los que asistimos a la misa no nos comportamos después bien con nuestros semejantes, y eso es lo realmente importante.

Los jóvenes denuncian la falta de correspondencia entre la práctica religiosa y nuestro modo de comportarnos en nuestras relaciones con los demás. Y concluyen que no hay ninguna relación. Por consiguiente, como lo importante es ser bueno, y para esto parece que la relación con Dios no tiene ninguna influencia, prescindimos de esa relación.

Jesús en el evangelio de este domingo nos presenta una postura distinta. En el evangelio de este domingo pone en relación el amor a Dios con el amor al prójimo. Estos dos preceptos no son distintos ni conocen una relación de yuxtaposición. Se implican el uno al otro de tal modo que no es posible un amor a Dios que no nos lleve a amar al prójimo ni es posible un amor al prójimo que no se encuentre inspirado y sostenido por el amor a Dios.

Es cierto y hay que reconocer que las personas religiosas estamos llenas de incoherencia y deberíamos esforzarnos más por ser consecuentes con nuestras creencias. Pero también es cierto que uno no es bueno por la espontaneidad de la naturaleza. En nosotros –lo describió muy bien San Pablo- convive el bien y el mal. Y con frecuencia hacemos el mal que no deseamos y no realizamos el bien al que aspiramos. En nuestra vida habita la contradicción y, aunque con frecuencia queremos ser buenos, también nos dejamos llevar por el mal.

Por todo esto para ser realmente buenos en la vida necesitamos purificar nuestras motivaciones, nuestro modo de comportarnos. Tenemos que disciplinar nuestras relaciones, necesitamos que se fortalezca nuestra inclinación al bien y que quede erradicada del fondo de nuestro ser las malas inclinaciones. Y la relación con Dios es de una gran ayuda para todo ello. Cultivar la relación con Dios es ayudar a que nuestra vida sea mejor.

Por eso a quienes dicen que lo importante en la vida es ser buenas personas, hay que responder que por eso precisamente es necesario y conveniente cultivar nuestra relación con Dios. Necesito a Dios para ser bueno y la relación con Él es la que me ayuda a ser mejor cada día. No puedo amar incondicionalmente al prójimo si no estoy llevado por un amor mayor que el de mi corazón y que viene de Dios. Y no puedo amar a Dios sin ver que realmente emerjo en medio de los otros.


Homilía 29 domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A. 16 Octubre 2011



Jesús y el estado aconfesional

Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy vienen muy bien en este tiempo de crisis financiera. Jesús dice, eso de dad a Dios lo que es de Dios y al emperador lo que es del emperador.

Lo escuchamos a diario. Los estados y los bancos se han endeudado tanto que no tienen dinero disponible. A algunos países, como España, esta situación no le permite crecer econónmicamente. Muchas familias padecen el desmpleo y los problemas que conlleva. Hay personas que sufren y se angustian ante el futuro. En Grecia y España, pero también en Nueva York y en otros lugares del mundo, hay protestas porque los gobiernos parece que ayudan antes a los bancos que a los ciudadanos que sufren esta situación.

Los cristianos, es claro, no podemos ignorar esta situación. No podemos mirar a otro lado, o mirar al cielo y encogernos de hombros. No podemos decir que esos problemas no tienen que ver con nosotros. La Iglesia nace de la misericordia y la compasión de Jesús. Y la Igelsia está para servir a Dios y a los hombres. O lo que es lo mismo, servir a Dios sirviendo a la humanidad.

Hay quienes han recurrido a la frase de Jesús para decir que la Iglesia no tiene que implicarse en los problemas sociales. Que su cometido es de otro orden, que es un cometido espiritual

Pero no es este el sentido de las palabras de Jesús. Él está sin duda en contra de un estado confesional, de un estado teocrático. Jesús se muestra partidario de la separación de la iglesia y el estado, es decir, que religión y vida social pertenecen a órdenes distintos. Es peligroso confundir ambos órdenes porque toda obra humana es limitada y puede siempre ser mejorada. Toda forma de orden social también lo es. Apelar a Dios y a la religión para favorecer una medida política, una organización social, un modo de convivencia, es coloerar de absoluto lo que es relativo; es dar una apariencia de definitividad lo que puede ser cambiado.

Dios inspira e ilumina nuestro comportamiento social y político. Y nos llama a los cristianos a mejorar nuestro mundo. Pero no quiere que nos equivoquemos y demos forma absoluta a lo que es relativo. Pero tampoco quiere que la Iglesia se recluya en una isla impermeable a los problemas que afectan a la humanidad. Dios quiere una Iglesia humana y para la humanidad. Servir a la humanidad, saberse responsable de los problemas del mundo es dar a Dios lo que es Dios. Es vivir la misericorida ante quien es la fuente de todo amor.


HOMILÍA 28 domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A 9 de octubre de 2011


Se ruega contestación

Cuando hoy alguien nos invita a su boda o a otro acontecimiento social suele poner en la inivitiación: "se ruega confirmación". O sea que nos preguntan si hemos aceptado la invitación y si vamos a corresponder con ella. Y todos lo entendemos. Una boda es algo complicado de organizar. Hay que preveer muchas cosas: comunicar el número de invitados, organizar la colocación de las mesas, etc. Los novios deben saber con cuantas personas tienen que contar. También nos parecería ineducado que alguien conteste que va a asistir y al final no ir sin dar ninguna explicación ni pedir disculpas.

Por todo esto podemos entender el enfado del rey de la parábola en la lectura de este domingo. Había hecho una invitación para la boda de su hijo y los invitados ni se presentaron ni quisieron ir. Así nos ocurre a nosotros. Dios nos ha invitado a una fiesta. A la fiesta de la vida. Y pide nuestra asistencia, nuestra rspuesta afirmativa. Nuestro Dios nos ha creado para la felicidad y la alegría. Pero no nos obliga a ello. Pide nuestra colaboración. Dios que nos ha creado sin preguntar si queríamos la existencia no nos salvará sin contar con nosotros. Dios respeta siempre nuestra libertad, la libertad humana. Lo único que esa libertad tiene consecuencias y no querer participar en la fiesta de Dios hace que nos perdamos por el camino de la tristeza y la desolación.

Al fallar los primero invitados el rey acude a invitar a otras personas que encuentra en el camino. La fiesta de Dios no queda vacía. Siempre hay personas que acuden. Pero el rey se enfada con ellas por no llevar un traje apropiado. Y es que la forma de vestir expresa lo que somos y aspiramos. Tenemos que entenderlo bien. Dios no quiere que vayamos a la fiesta con roca cara y de marca. Dios quiere que acudamos con una disposición adecuada.

Lo que Dios espera de nosotros es que acudamos con alegría, que seamos recpetivos, que sepamos relacionarnos con otros. A la fiesta de Dios entran los que saber acoger en su corazón una alegría sencilla, los que están abiertos a los demás. Ese es el traje que Dios nos pide: el de la alegría, la sinceridad, la sencillez y la socialidad. Quienes así viven poseerán el Reino de los cielos

Homilía 27 domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A. 2 de Octubre de 2011

DONES Y NO POSESIONES

¿A quién pertenece el mar, el sol, el aire? ¿Tiene dueño la belleza de una flor, el azul del cielo, la grandeza de los montes? ¿Podemos poseer la amistad?

Todas estas cosas, y muchas más que podríamos enumerar, no tienen dueño, no son propiedad de nadie. Son dones puestos para nuestro disfrute y que nos encontramos en la vida. Cuando percibimos alguna de estas cosas nos llenamos de alegría y nos asalta la preocupación de que se estropeen y otros no puedan disfrutarlas. La belleza y la bondad de tantas cosas nos despiertan a la responsabilidad y nos llaman a ser cuidadosos con lo que nos rodea.

También puede ocurrir que, llevados por el afán de posesión o movidos por el miedo a perder lo que disfrutamos, queramos atraparlo y convertirlo en propiedad personal. Hay quienes intentan encerrar un trozo de mar en un cercado o quienes pretenden poseer la amistad. Pero cuando los dones se convierten en propiedad pierden su grandeza y su belleza. Un trozo de mar encerrado en una cerca carece de inmensidad. Al querer poseer la amistad, transformamos la alegría y la sorpresa de un gran regalo en cálculo frío y en manipulación del amigo. Y como de las cosas que nos creemos dueños no nos sentimos en la obligación de dar cuentas a nadie, ni nos preocupa que den frutos para otros, puede ser que las descuidemos y acabemos por perderlas.

Las lecturas de este domingo nos hablan de los dones que Dios nos da para nuestro disfrute y de los cuales somos responsables. El profeta Isaías y el Evangelio nos hablan de un Dios que prepara al ser humano una buena estancia en el mundo. Una viña con buenas cepas, que es símbolo de abundancia. Una cerca alrededor de la viña, que es símbolo de protección. El lagar y la casa, para que el ser humano pueda residir en la viña y vivir de sus frutos. Dios nos ha llenado de bienes. Pero todas esas cosas las hemos recibido en régimen de “arrendamiento”. Somos los encargados de su crecimiento, pero no somos sus dueños. Son dones que Dios nos confía para nuestro bienestar y en la responsabilidad de cuidarlos y de hacerlos fructificar en favor de otros. Los labradores del Evangelio olvidan el encargo, se sienten dueños de la viña y rechazan a todo aquel que viene a pedir cuentas de los bienes confiados.

Con esta parábola Jesús nos llama la atención sobre nuestras actitudes en la vida. Todo lo que nos rodea podemos usarlo de dos maneras: como dones recibidos para nuestro disfrute y de los cuales somos responsables, o como bienes que intentamos poseer no sintiéndonos en la obligación de dar cuentas a nadie ni de hacerlos crecer en favor de otros. Jesús nos invita a abandonar la mentalidad del propietario para vivir en la responsabilidad.

Sentirse responsable en vez de propietario no es una merma en nuestra libertad y dignidad personal. Al contrario, la libertad aumenta y se amplía en la responsabilidad. Quien se sabe responsable se esfuerza por hacer crecer lo que tiene, y él mismo crece mientras hace fructificar lo confiado. El propietario, el dueño, por creerse que no tiene que dar cuentas a nadie, puede descuidar lo que tiene y acabar perdiéndolo definitivamente.

En esta sociedad nuestra, que hacemos entre todos, tenemos que preguntarnos si no pierde terreno el sentido de responsabilidad y si no avanza la mentalidad del propietario y del dueño. Cada uno tiene que preguntarse si pretende ser dueño de sus propios dones y capacidades; de los bienes que encuentra a su disposición; de las personas con las que convive, de la fe que ha recibido. Este evangelio nos lanza algunas preguntas que tenemos que responder: ¿Afrontamos nuestras tareas profesionales en la responsabilidad de contribuir a hacer un mundo mejor? ¿Vivimos nuestras relaciones familiares solamente desde el coger lo que los otros nos dan o también damos algo a los demás? ¿Utilizamos los bienes comunes como si fuéramos sus dueños, sin preocuparnos de que queden en buen estado para que otros puedan usarlos? ¿Entendemos la amistad como un don que tenemos que cuidar o pretendemos poseer y controlar a nuestras amistades? ¿Nos preocupamos por transmitir y descubrir a otros la fe, ese don tan grande que Dios nos ha dado?

Nuestro mundo comenzará a cambiar en la medida en que nos sintamos menos propietarios y más responsables. En la medida que prefiramos la grandeza y la libertad de la responsabilidad, al señoritismo de creernos los dueños de todo lo que nos rodea. De ello va a depender que podamos seguir disfrutando de la viña o que acabemos por perderla definitivamente.

Homilía 26 Domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo A. 25 de septiembre de 2011

Homilía 26 domingo (TO A) Mt 28, 13-23

Sí y No
Todos hemos pasado por situaciones en las que hemos pedido un favor a alguien, nos ha dicho que nos lo haría sin problemas…y después no ha hecho nada. En otros casos, al contrario, nos han dicho que lo que pedimos es complicado, y al final nos lo han conseguido. Por experiencia todos sabemos que hay “síes” que son “noes”, y “noes” que después resultan “síes”.

Nosotros mismos, quizás de pequeño en nuestra familia también hemos asentido a alguna petición y luego no la hemos cumplido. Y al contrario nos hemos negado a hacer cosas que después hemos hecho. En esas ocasiones nuestros padres solían decir eso de, “hijo cuando digas sí actúa en consecuencia, y si dices no, también”.
No siempre somos consecuentes con nuestra palabra. Un sí o un no lo podemos decir sin convencimiento, para salir al paso, presionado por las circunstancias o porque no nos atrevemos a decir lo que realmente sentimos.

En el evangelio de este domingo Jesús nos habla de dos hijos que dicen lo contrario de lo que harán. A la petición del padre de ir a trabajar a la viña, uno responde afirmativamente y no va; y el otro, al contrario responde con una negación que resulta ser en un respuesta positiva.

Con esta parábola Jesús llama nuestra atención sobre la respuesta que damos a Dios. Él nos llama a la fe; nos compromete con el evangelio y el mensaje de Jesús. La respuesta que él espera es un sí o un no. Pero se trata de un sí o un no que incorpore toda nuestra realidad personal, un sí o un no que comprometa toda nuestra vida. Porque Jesús dice que el ser humano será juzgado según sus obras y no según sus intenciones, propósitos o promesas.

El texto del evangelio acaba con una referencia a Juan el Bautista que llamaba a la conversión y el cambio. Ambas son consecuencia del nuevo comienzo que anunciaba Juan el Bautista. Frente a ese nuevo comienzo la pregunta que tenemos que hacernos es ¿cuál es la voluntad de Dios? ¿Qué quiere Dios de mi? ¿Qué me pide en mi vida?

Homilía 25 domingo tiempo ordinario. Ciclo A. 18 de septiembre 2011

Homilía 25 domingo Tiempo Ordinario
Ciclo A

Vivir el don

En la convivencia familiar una de las expresiones que los hijos más suelen expresar es la de "esto es injusto", "es una injusticia". Si la madre le pide a un hijo o hija alguna colaboración en las tareas del hogar, puede escuchar: "siempre me toca a mi, pero mi hermano siempre se libra, ¡es una injusticia!

Me decía una madre que cuando los hijos le protestaban con esta expresión ella solía decir: "justicia sólo hay en el infierno". Y cuando extrañado con la expresión yo le preguntaba: "entonces en el cielo ¿qué hay?", ella me decía: "en el cielo hay misericordia, compasión y saber compartir lo que se tiene".

Esta idea es precisamente la que contiene el evangelio de este domingo. Jesús habla de un empleador, de un patrón, que paga por igual a los jornaleros que comienzan el trabajo a la primera hora que los que lo hacen a la última hora. Una situación que levanta la protesta de los que trabajaban desde la primera hora. La respuesta del empleador nos asombra como todo lo de Jesús. Y nos ayuda a ampliar nuestra compresión estrecha de las cosas.

El empleador dice a los de la primera hora que a ellos no les importa lo que pague a los otros. A ellos les ha pagado lo que les correspondía y no es asunto suyo el salario de los demás. Y es verdad, ellos se sienten afrentados sin que haya ninguna afrenta. Ellos en realidad no perciben menos porque los demás perciban más. Pero les parece una afrenta cuando se comparan con los otros. Y esta es la primera enseñanza de Jesús. Dios nos trata individualmente, como personas únicas, y debemos evitar esas comparaciones que a veces nos corroen. Esas en las que nos parece que los vecinos, los otros, tienen más y mejor que nosotros.

Jesús nos dice que Dios mira las cosas de otra manera. Nosotros todo lo medimos por los resultados y los logros; por lo que alcanzamos con nuestro trabajo y esfuerzo. Jesús nos dice que para Dios somos valiosos independientemente de nuestros resultados y logros. Dios nos llena de bienes aunque nuestras conquistas sean pequeñas. Y esto es así porque para Dios somos más que nuestras obras y acciones.

Algunos dirán, si esto es así, ¿para que esforzarnos? ¿para qué trabajar y luchar? Pues precisamente no para esperar recomnpensa sino para vivir de verdad lo que Dios nos ha concedido. Para hacer crecer nuestros dones, que esa es la mejor recompensa. Jesús nos dice que en la vida humana hay una dimensión más grande que la de la recompensa y el salario. Es la del don; la de dar y recibir, la de regalar y dejarse regalar. Es la dimensión de la libertad y el amor. La dimensión del Reino de Dios.

Jesús nos advierte de no ser envidiosos ni tacaños, de vivir el don y saber que en el Reino de Dios entran los que saben compartir con alegría.