Homilía 4 domingo de Adviento. Ciclo A. 22 de diciembre de 2013

Los sueños


Parece que hoy podemos vivir sin grandes sueños y sin grandes visiones. Nos hemos acostumbrado a renunciar a la utopía, a conformarnos con lo que hay, a aceptar “las cosas como son”. Y decimos que es el precio de la modernidad. Que tenemos que ser prácticos y no despistarnos con evanescencias románticas. Pero la modernidad significa de verdad ¿ausencia de sueños y utopías? ¿Tenemos que resignarnos a un pragmatismo ramplón, incapaz de pensar las cosas de otro modo?

A veces pensamos que los sueños son humo que se lleva el viento. Que no sirven de nada y que nos alejan de la realidad. Pero los sueños pueden ser la inspiración de Dios en nuestra vida, pueden ser la voz de Dios que nos llama a vivir un mundo distinto y mejor.

En el evangelio de este domingo Dios habla en sueños a José. Y le pide que acoja a María, que está encinta y espera a un niño. Y José hace caso a su sueño, aunque no lo entienda del todo. Aunque suponga romper con convenciones sociales, aunque suponga correr riesgos. Y José, porque hace caso a su sueño colabora en la llegada del Mesías, en la irrupción de la salvación en nuestras vidas.

El evangelio de hoy es una invitación a soñar y a descubrir la voz de Dios en nuestros sueños. Dentro de unos días comienzan las celebraciones de la Navidad. Tienen algo de sueño porque anuncian un mundo distinto, un mundo de paz, de relaciones cordiales y no agresivas, un mundo de fiesta y alegre que surge cuando nos reconocemos como compañeros en el camino de la vida. A veces salimos al paso de la navidad con una actitud de profundo escepticismos. Sabemos que el mensaje de la navidad es bonito. Está bien que expresamos nuestros deseos de un mundo mejor y en paz, que felicitamos a personas que hace mucho tiempo que no vemos, que hagamos regalos a las personas que apreciamos. Pero en el fondo pensamos que todas estas celebraciones no cambian nada.


Ciertamente la navidad es un sueño, el sueño de Dios. Ese sueño podrá emepezar a cambiar las cosas si salimos a su encuentro no como un juego que tenemos que jugar cada año, sino como una voz que nos llama a comprometer nuestra vida. Que la celebración de nuestras navidades sea festiva, pero que sobre todo animen nuestro compromiso por hacer un mundo mejor.

Homilía 3º Domingo de Adviento. Ciclo C. 15 de diciembre de 2013. Mt 11, 2-11

Saber quién es uno



Una de las cosas realmente complicadas en la vida humana es conocerse bien a uno mismo. Hace falta mucha atención, mucha humildad, mucha capacidad de introspección para detectar de verdad las aspiraciones propias, los valores que orientan el camino de la existencia, los deseos que se persiguen. La pregunta ¿Quién soy yo? no la acabamos de responder nunca. Nos persigue a lo largo de la vida. La dificultad de responder a esta pregunta es lo que se encuentra en el origen de la incomodad que sentimos cuándo alguien nos pregunta quiénes somos. Y por eso solemos responderlas con evasivas. A pesar de la dificultad la pregunta por la identidad propia es una de las más importantes y decisivas de la vida. La cuestión no es cuánto tengo o qué dicen los demás de mí. La cuestión que importa es quién soy yo de verdad

A Juan el bautista le hicieron esta pregunta. Y tal y como lo recoge el evangleio de este domingo no la rehusó ni la respondió con evasivas. Al contrario su respuesta destella lucidez. Por tres veces niega ser aquello que se le atribuye: el mesías, Elías, o un profeta. En la Biblia tres veces es un símbolo de la totalidad. Y por eso tres veces quiere decir siempre. Juan no deja resquicio al autoengaño y siempre da una negativa cuando se le atribuye una identidad diferente a la que realmente tiene. Juan no se hace pasar por quien no es. No juega a tener una identidad diferente a la suya.

Juan sabe quién es. Y al conocerse percibe con lucidez la tarea que le corresponde. Es el precursor, el que anuncia lo que viene detrás. Es el telonero que prepara el ánimo y caldea el ambiente para el gran concierto. Es un dedo que señala al Mesías, una voz que anuncia al Salvador.


Igual que Juan la Iglesia y cada creyente también es una voz que anuncia, una mano que indica. No somos el Salvador ni nuestras obras son la salvación.  Pero apuntamos y cantamos a quien está por venir. Nuestra tarea es prestar nuestra voz y nuestro rostro al evangelio, apuntar a quien viene a traernos la salvación.

Homilía 2º domingo de Adviento. 8 de Diciembre de 2013.

EL HOGAR DE DIOS



Muchos de ustedes son padres y tienen hijos. Algunos conocen lo que ocurre cuando llega el día en el que los hijos se van del hogar familiar. Todos nos podemos imaginar lo que pasa cuando llega ese momento. Ese día la casa se vuelve más silenciosa, el tiempo transcurre más despacio, las conversación en la mesa se hace menos animosa. Es curioso, pero cuándo los hijos son pequeños a veces las madres y los padres anhelan la llegada de días más tranquilos y cuándo esos días llegan se echa en falta las voces, la alegría, el nerviosismo que produce tener que hacer varias cosas a la vez.

Los hijos un día marchan del hogar y dejan tras de sí el silencio de los recuerdos. En ocasiones ese silencio se rompe y los hijos regresan. De vez en cuando vuelven para contar alegres sus realizaciones y proyectos; para preguntar cómo se encuentran los padres, para escuchar sus consejos y advertencias. Los hijos vuelven, vuelven siempre. Y lo hacen no porque sea una obligación sino porque hay una relación que une y que permanece más allá de los cambios de la vida

Imagino que para la mayoría de las personas las cosas transcurren de este modo. Pero no siempre es así. Por desgracia hay hijos que con la partida del hogar dejan enfriar los vínculos y la relación con sus padres. Las vueltas al hogar se hacen más escasas y cuando se hacen, se realizan más por obligación que por cariño.

Es posible que Juan el Bautista pensara en este tipo de hijos cuando se dirigía algunas personas de su época. Esas personas decían “tenemos como Padre a Abrahan”. Se sentían miembros del pueblo elegido, sabían de Dios y se creían religiosos, pero no mantenían un contacto vivo con ese Dios. Dios era para ellos como un hogar familiar que se siente lejano, al que solamente se acude de tarde en tarde y siempre por obligación.


Hoy día las cosas no son de modo distinto. Si hacemos caso a las encuestas, la mayoría de las personas de nuestro país dicen creer en Dios. Pero Dios es para ellos una realidad lejana, a la que se le asocia más la obligación que el cariño y la confianza. Un Dios con el que se ha perdido el contacto y se ha descuidado la relación. Juan el Bautista nos dice en el evangelio de este domingo que miremos a Jesús. Que atendamos a su palabra y a sus gestos. Jesús nos recuerda que en Dios tenemos un hogar familiar en el que siempre somos acogidos, al que podemos acudir en cada ocasión, en el que recibimos calor. En nuestras manos está volver siempre a ese hogar y no hacerlo por obligación sino por cariño y confianza




FIESTA DE LA INMACULADA



En España, este día se celebra la Fiesta de la Inmaculada. Por eso introduzco una alternativa en la homilía de este día


De Dios se puede hablar de distintas maneras. Podemos discutir sobre Dios, podemos contar a otros los efectos de su acción sobre nosotros, pero también podemos alegrarnos de que está ahí y cantar una canción con voz alta. “Mi alma alaba al Señor…”. Hay experiencias de las que no podemos dar muchas explicaciones y solamente podemos cantar.

Una persona dice a otra Te quiero. Y frente a un ser humano que le dice a otro:  te quiero, no caben muchas explicaciones y aclaraciones. Simplemente cabe la admiración que a todos nos brota cuando vemos amor de verdad. Frente al amor lo mejor que podemos hacer no es buscar muchas explicaciones sino simplemente cantar y alegrarnos. ¿A qué nadie busca explicaciones al amor discreto y abnegado de las madres? Simplemente recordamos agradecidos lo que los padres hacen por nosotros.

Si esto ocurre así en nuestra vida, cuando Dios nos dice, Te quiero, ¿Tenemos que intentar explicarlo? No hay nada en el mundo que pueda explicar que Dios nos ama. En esas situaciones es mejor cantar.

Maria, la insignificante mujer de una aldea de Galilea, querida por Dios y enamorada en Dios, absorta de Dios y llena de esperanza con Dios. A esa María se le suelta lengua y canta.

Algunos pueden pensar que esto del canto es muy bonito pero que pasa con los que sufren, que pasa con los que sufren y con los que la vida les cierra la boca

El Dios al que María canta es el Dios que no permanece en el cielo. Es el Dios que viene a nosotros, y que está del lado de los que muerden el polvo de la vida. Y esa situación no es extraña a María. María, la que canta a Dios sabe por experiencia propia lo que es la humillación y el sufrimiento, y lo sabe desde su parto en un establo hasta su saber estar al piel de la cruz. Y sin embargo canta, canta la canción de su vida en la seguridad de que aquel en quien ha confiado su vida y su persona todavía no ha dicho la última palabra. Ella sabe que lo nuevo está por venir y se entrega por entero a su embarazo por el que Dios viene al mundo.

El cántico de María prefigura la salvación que llega. María por Cristo fue preservada del pecado, igual que nosotros por el bautismo somos preservados del pecado. Cristo da a nuestra vida una nueva dirección, es el garante de una nueva creación. El bautismo nos dice que nuestra vida y nuestros huesos contienen más que la herencia biológica que recibimos de Adán y Eva. Somos algo más que polvo y sudor, somos vida divina, somos carne de amor. Con Cristo comienzo un nuevo camino. Con Adán el camino de la humanidad era de la vida a la muerte, del bien al pecado. Con Cristo se cambia la dirección de ese camino. Venimos de la vida y vamos a la vida. Venimos del bien y vamos al bien. Hace unos días la pequeña María decía a su madre.

Dios nos hace nuevos. Los hombres hemos querido hacernos nuevos. Los totalitarismos han querido hacer nuevos hombres. Nuestra sociedad de consumo, quiere presentar el nuevo hombre a base de imagen, cosmética y cirugía estética. Cuando no aceptamos ser criaturas de Dios no adviene el original, sino adviene la copia. El hombre y la mujer diseñados en los grandes almacenes y centros de modas. El original no lo produce el mercado, lo produce una mirada de amor que confía en nosotros. Si nos sentimos mirados por Dios no tenemos que hacer lo que no somos, no tenemos que inventarnos. Podemos mostrarnos como somos. La mirada de amor de Dios nos da autenticidad. Cuando Dios nos mira y nos ama, vence la fuerza del pecado y del mal.

La visión de un mundo mejor nos ayuda en la vida. Quien en su vida y su fe se deja llevar por el cántico de María, sabe ver algo más que quien solo ve venir catástrofes y cabeceando se mueve de frustración en frustración. La fe es como el pájaro que canta cuando todavía es de noche y oscuro, dijo una vez Tagore. Canta en la noche al nuevo amanecer que llega. Está lleno de esperanza como María, la del estado de buenaesperanza. Y María nos invita a todos a cantar su canto. Y nosotros lo cantamos porque su vida sostiene nuestra esperanza. La historia de nuestra esperanza comienza en la vida y en el cántico de una mujer, de María.





Homilía 1 Doningo de Adviento. Ciclo A. 1 de diciembre de 2013. Mt 24, 37-44

Vivir con atención

„No me lo cuentes que prefiero no saberlo“. Es una frase que todos decimos alguna vez. Hay ocasiones en las que preferimos la ignorancia al conocimiento. Son esas situaciones en las que el saber puede provocarnos una desilusión respecto a una persona. Como cuando nos enteramos de la falta de lealtad de un amigo. En otros casos, el conocimiento de un peligro puede producirnos tanto temor que nos paraliza y preferimos ignorarlo. Otras veces saber lo que está por venir puede romper el encanto de la sorpresa. Como cuando sabemos de antemano el regalo que nos van a hacer por nuestro cumpleaños o cuando alguien nos cuenta el final de una película de intriga que queríamos ver.

No solo individualmente también como sociedad hay cosas que preferimos no saber. Y por eso las ocultamos, evitamos que se hable mucho de ellas o que se hagan visibles permanentemente. La injusticia, las condiciones indignas en las que viven muchas personas en el mundo, la muerte…son realidades que evitamos y que a veces hasta ocultamos. Algunas personas dicen que no es agradable que mientras comemos el telediario nos muestre el horror que vive una parte de la humanidad.

Es verdad que no se puede vivir teniendo presente a todas horas los peligros de la vida o las crueldades de la historia. Si cuando nos subimos a un automóvil no paramos de pensar en los peligros de la carretera es posible que el temor nos impida continuar el viaje y acabemos bajándonos del coche y quedándonos en casa. No es bueno vivir pensando siempre en las dificultades y en los problemas de la vida. Pero es igual de peligroso olvidar totalmente esos peligros y caminar descuidados por la vida. Quién sale a pasear sin fijarse en los obstáculos que puede encontrar en el camino es posible que acabe por tropezar y caer.

En el evangelio de este primer domingo de adviento Jesús nos recuerda una de esas cosas que a veces preferimos no saber y no escuchar. Nos recuerda que la vida pasa rápidamente y que el final de nuestra existencia siempre viene por sorpresa. Jesús nos dice que todos tendremos que dar cuentas de nuestra vida ante Dios y por eso tenemos que prestar atención al modo como vivimos nuestra existencia. Jesús no nos recuerda estas cosas para asustarnos o meternos miedo. Jesús las recuerda para abrirnos los ojos, para hacernos atentos, para que nos apresuremos en aprovechar el tiempo de nuestra vida.


Este domingo los cristianos iniciamos el tiempo de adviento. Es un tiempo de preparación a la celebración de la navidad. Es un tiempo para estar atentos, para abrir los ojos, para despertar cosas que teníamos olvidadas: la ilusión perdida, la posibilidad de reconciliación con una persona a la que habíamos dañado, la confianza en la vida y en las personas, confianza que el paso del tiempo ha ido endureciendo, la importancia de los gestos de bondad y de amor. El adviento nos llama a aprovechar los días de nuestra vida, a vivir con intensidad lo que hacemos, a volcar y dar lo mejor de nosotros mismos en todo lo que hacemos.

Solemnidad Jesucristo, rey del universo. 24 de noviembre de 2013


Jesucristo, rey del universo



Llamar a Cristo rey puede producir alguna confusión. En nuestra época esta palabra tiene solamente significado político. En tiempos de Jesús tenía también un significado religioso. En algunos libros de la Biblia podemos encontrar que el pueblo de Israel llamaba rey a Dios. Y lo hacía porque Dios es origen y creador del mundo. Y domina sobre el caos y las fuerzas del mal. Tras la resurrección, en la que Jesús vence a la muerte y el mal, se comienza a representarle como rey. Desde el punto de vista de la fe cristiana llamar rey a Cristo es equivalente a llamarle salvador.

En nuestra cultura cada vez se difuminan más los perfiles de la figura de Jesús. También los cristianos podemos olvidar algunos rasgos de su persona. La fiesta de hoy puede servir para recordar otra vez quién era Jesús.

Jesús es una de las grandes figuras de la humanidad. Tal y como nos lo presentan los evangelios no destacaba por la nobleza de sus orígenes ni por ocupar un puesto destacado en su sociedad. Procedía de una familia sencilla y no tenía apellidos de renombre. El nombre de Jesús es ya el programa de su misión. Significa Dios salva. Para los cristianos la salvación no consiste en vivir libres de problemas y dificultades. Consiste en contar en nuestra vida con la presencia de Dios. Por eso, el empeño principal de Jesús fue recordarnos que Dios viene a nuestra vida a poner en ella su perdón y su bondad. No quería otra cosa que abrir a las personas a Dios para que Dios sea la fuente de nuestra libertad y de nuestro amor.

La gran ocupación de Jesús es Dios y su Reino. Para Jesús Dios es más importante que el éxito profesional y la autorrealización personal. Por eso, no cayó en la tentación de cambiar la misión que había recibido de Dios por una vida cómoda. Habló palabras claras y evitó el sentimentalismo y la demagogia. No aspiraba a mandar, sólo quería servir. No le preocupaba la riqueza porque sabía que los bienes de Dios son más importantes que la cuenta corriente. No recurrió a la violencia ni a la fuerza para extender el Reino de Dios. Sabía que el mejor modo de acreditar su mensaje era con la fuerza de su propia convicción.


Jesús fue un hombre genial. Su persona estaba llena de Dios. Sus palabras y obras comunicaban vida divina. Por eso los primeros cristianos lo acogieron como el signo de la amistad y el amor de Dios para con nosotros. Jesús no quería admiradores, buscaba seguidores. No fundó un “club de fans”, convocó un grupo de discípulos. No aspiraba a recibir aplausos sino a que otros siguiéramos su camino y así nos llenáramos también de Dios. Su mensaje sólo se entiende del todo cuando es acogido puestos de pie y preparados para partir en busca del Reino de Dios. Quien acoge su mensaje sentado, aunque sea en el banco de una iglesia, no podrá nunca entenderlo del todo.

33 domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C. 17 de noviembre de 2013. Lc 21, 5-19

El que viene en la dificultad



Con mucha frecuencia la humanidad se imagina el futuro como un momento lleno de dificultades y problemas. En el cine, la literatura, el arte…a veces se presenta el futuro lleno de sucesos terribles. También las religiones, y entre ellas el cristianismo, pueden presentar el tiempo que se encuentra delante de nosotros, y sobre todo el final de los tiempos, como un momento terrorífico. El evangelio que escuchamos este domingo es uno de esos textos en los que Jesús habla del futuro como un tiempo lleno de divisiones, guerras, epidemias y persecuciones.

El modo de describir fantásticamente el futuro puede provocar impacto. Y el impacto puede ser tan grande que algunos no duermen después de ver una película de ciencia ficción, olvidándose que lo que han visto es una fantasía que solo pretendía distraer. También algunos textos del evangelio pueden ser tan impactantes en su modo de describir las cosas que nos oculten el mensaje principal que nos quieren transmitir.

Jesús se refiere al tiempo futuro como un tiempo de dificultad y conflicto. Pero su intención no es impactar, ni mucho menos asustar. Las imágenes que utiliza son el marco para presentarnos el mensaje que siempre transmitía: la cercanía de Dios. Lo importante en estos textos es la presencia de Dios en esos momentos de dificultad y las actitudes humanas que esa presencia suscita. Por eso, nos equivocamos si permanecemos fijados en la descripción del marco y nos olvidamos de su contenido.


El tema del evangelio de este domingo no son las catástrofes del futuro, sino la fuerza y la ayuda que recibimos de Dios en los momentos de dificultad. Para Jesús más importante que describir exactamente lo “que” sucederá en el futuro, es anunciar “quien” viene en ese futuro. Jesús anuncia que Dios viene siempre al encuentro de la humanidad y nos proporciona su ayuda. En esa confianza podemos salir esperanzados al encuentro de lo que está por venir.

32 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 10 de noviembre de 2013. Lc 20, 27-38

Dios no es un juego de especulación



Es evidente que en nuestra cultura Dios se ha convertido para muchas personas en una realidad extraña. No suele ser objeto de preocupación y por eso ha desaparecido de nuestras conversaciones cotidianas. En la vida social se le nombra en alguna ocasión pero no tiene una presencia continua. También en la iglesia podemos olvidarnos de la centralidad de Dios. Podemos preocuparnos y ocuparnos con otras cosas, desviando nuestra atención de lo que constituye el centro de nuestra fe.

De Dios nos resulta siempre difícil comunicar su realidad, y lo que nosotros vivimos de Él, a otras personas. Siempre resulta más fácil hablar “a Dios” que hablar “de Dios”. Esto es así porque Dios es un interlocutor antes que un objeto del pensamiento. A Dios solamente se le puede conocer en profundidad cuando estamos en relación con Él. Y propiamente dicho no se puede hablar de Dios si antes no hemos hablado con Él.

La humanidad siempre corre el peligro de hacer de Dios un tema del pensamiento y un objeto para la especulación. Y puede olvidarse que Dios es nuestro interlocutor. El evangelio de este domngo  presenta a unos que se acercan a Jesús y le preguntan si Dios puede resolver una de sus especulaciones. Y Jesús les recuerda que Dios no está para resolver acertijos sino que lo que nos ofrece es su relación que acompaña nuestra vida.

Alguien dijo una vez, “dime en que Dios crees y te diré que clase de persona eres”. La imagen que tengamos de Dios tiene que ver con nuestro modo de vivir. Dios no tiene que ver con especulaciones extrañas ni es la solución a enigmas complicados. Tiene que ver con nuestra vida, con lo que cada uno de nosotros somos, con el mundo que nos envuelve, y con las relaciones que mantenemos con los demás. Como dice Jesús, Dios no es un Dios de muertos sino de vivos. A Dios no se le encuentra en los caminos enrevesados de la especulación. Nos espera en el camino bullicioso de la vida.


Homilía 31 domingo Tiempo ordinario. Ciclo C. 3 de octubre de 2013. LC 19, 1-10

TENEMOS VISITA



Hay personas que por ver al cantante preferido o por asistir a un partido de fútbol hacen el esfuerzo de pasar toda la noche delante del estadio parar lograr una entrada o un lugar en las primeras filas.

Imaginaros que a una de esas personas se le acerca el cantante favorito o el jugador preferido y le dice que haces ahí, toma con este pase especial te sentarás en un lugar preferente. Podemos imaginarnos la emoción y la alegría. Podemos imaginar la admiración que causará en sus conocidos su buena suerte.

Algo parecido le sucede al personaje del evangelio de hoy. Se nos habla de un tal Zaqueo, un recaudador de impuesto, que quiere ver a Jesús y Jesús le dice que irá a su casa. Lo que a Zaqueo le ocurrió nos pasa a cada uno de nosotros cuando nos acercamos a Jesús. Vamos a realizar una visita y somos visitados.

Muchas personas no entienden que alguien pueda pasar la noche al aire libre por ver un espectáculo. Quizás no entiendan las motivaciones: el deseo de nuevas emociones, la cercanía con una persona que sabe expresar su mundo y su sentimiento... Lo mismo le ocurre a Zaqueo. Parece que no es normal que un hombre de su posición, un rico recaudador de impuestos se subiera a un árbol como un chiquillo. Podemos imaginarnos que quizás Zaqueo estaba inquieto por dentro, que no estaba satisfecho con su vida, que quería ampliar sus perspectivas y su horizonte vital. Por eso se subió a un árbol. Porque pensaba que había cosas más importantes que acumular dinero.

La fe comienza en el momento en el que Zaqueo se sube al árbol. Nuestra fe comienza cuando nos movemos en la vida. La fe no consiste en que tengamos que ser automáticamente mejores personas. La fe comienza cuando estamos inquietos y satisfechos con nuestra vida y buscamos una nueva perspectiva.

Zaqueo nos enseña a buscar una perspectiva amplía. A no conformarnos con una vida convencional, a intentar mirar hacia lo alto y hacia lo grande. El tiempo de la universidad no debería ser sólo un tiempo para adquirir una cualificación que os permita hacer carrera y situaros. El tiempo de la universidad es un tiempo para adquirir perspectiva para vuestra vida. Aprovechad este tiempo para adquirir criterio propio, para saber distinguir el bien del mal, para saber que la honradez en la vida nos llena de más satisfacción que el engaño aunque con el engaño logremos ventajas parciales y momentáneas.


Porque Zaqueo estaba inquieto, Jesús fue a visitarle. El resultado de esa visita fue un cambio de vida. La perspectiva adquirida al subir al árbol le hace ver que hay cosas más importantes que ganar dinero. Que la vida es mucho más amplia y rica y ahí comienza la salvación.

Homilía 30 domingo tiempo ordinario. Ciclo C. Domingo 27 de octubre de 2013. Lc 18, 9-14

La humildad que cuenta con los otros

La vida humana puede transcurrir en medio de posturas extremas. Por una parte quien solamente piensa en sí mismo, pretende siempre estar en el centro de todo y para lograrlo recurre a todos los medios posibles. Por otra parte quien también piensa en los otros, les deja ocupar un lugar en la vida y sabe compartir con los demás los bienes de la existencia.

En el evangelio de este domingo Jesús presenta estas dos actitudes en la forma de dos personas que acuden al templo a orar. Uno de ellos, lleno de orgullo, se cree mejor que nadie y así se presenta ante Dios. Otro, lleno de humildad, reconoce sus faltas y pide perdón.

Jesús alaba la humildad de quien se reconoce en lo que es y no pretendesepararse y destacar sobre los demás. La humildad no consiste en percibirnos en menos de lo que somos. La humildad tiene que ver con la verdad y la sinceridad. Es acogernos en lo que de verdad somos. Y al percibirnos en nuestra verdad dejamos sitio a los otros. Por eso el humilde es el que no lo quiere todo para sí mismo. El que no busca perjudicar a otro para destacar él;el que sabe alegrarse de los triunfos ajenos.

Jesús acaba sus palabras diciendo que el que se humilla será enaltecido y el que se enaltece será humillado. El orgullo nos separa de los demás, y en el fondo nos condena a la soledad. Allí no hay cabida ni para la relación con Dios ni para la relación con los otros. Y donde no existe relación tampoco puede haber reconocimiento o aprecio por parte de otros. Por el contrario, acoger la verdad de lo que somos nos abre a los otros y nos permite mantenernos en relación con ellos. Y en esa relación puede brotar la acogida y el reconocimiento de nuestra persona. Solamente en la sinceridad de nuestra vida podemos entrar en relación con Dios y podemos contar con los demás.



Homilía 29 domingo tiempo ordinario. Ciclo C. 20 de octubre de 2013. Lc 18, 1-8

El juez que trae la salvación

Se equivoca quien piensa que la fe en Dios es un seguro que garantiza una vida sin dificultades y sufrimiento. Se está en un error si se piensa que Dios nos libra de tener que correr los riesgos que trae la vida. Dios cuida de nosotros y nos ayuda. Pero no suplanta nuestra libertad ni elimina los problemas que conlleva tener que decidir para construir nuestra vida y nuestra persona.

En el evangelio de este domingo Jesús nos habla de un juez, que ante la insistencia de una mujer, acaba haciendo justicia. El juez es la imagen a la que Jesús recurre para presentar el modo que tiene Dios de relacionarse con nosotros. Los jueces no impiden que en la sociedad haya problemas y dificultades. Pero corrigen desigualdades y restauran el orden correcto de las cosas. En la Biblia repetidamente se presenta a Dios como juez. En la historia de Israel hubo un momento en el que los jueces eran personajes que hacían algo más que dictar sentencias. Eran los que conducían al pueblo en la dirección correcta. Y eran los que, enviados por Dios, procuraban la liberación cuando Israel, por su infidelidad, había caído en la opresión de otros pueblos. Los jueces son en la Biblia los portadores de la salvación y de la liberación que viene de Dios.

Jesús, al presentarnos a Dios como un juez, pretende recordarnos que Él es el que orienta nuestra vida. No puede evitar que corramos peligros, pues es el precio de la libertad. Pero es el que viene a levantarnos cuando estamos caídos. Y es el que nos ilumina y nos da fuerzas para que salgamos airosos.

Jesús nos dice que Dios nos ayuda siempre, y por tanto en Israel acontecerá de nuevo la salvación. Pero para que esto pueda suceder en toda su extensión es preciso que el ser humano lo espere y lo acoja. Y esa es la segunda parte del mensaje que Jesús quiere transmitir. La mujer que insiste al juez para que restablezca justicia, es la imagen del verdadero Israel que confía, se abre a la ayuda de Dios y se deja orientar por su palabra. Y eso es lo que Jesús propone para su Iglesia.


Homilía 28 domingo. Tiempo ordinario. Ciclo C. 13 de octubre de 2013. Lc 17, 13-11

Gratitud es saber acoger regalos



En ocasiones hemos escuchado, o incluso puede ser que hayamos dicho: “así no tengo que agradecer nada a nadie”. Nos puede dar satisfacción comprobar que podemos hacer las cosas sin depender de otros. A la larga esa postura no nos lleva muy lejos. Quien no quiere agradecer nada, está diciendo que no estádispuesto a recibir regalos. Un mundo sin regalos es un mundo en el que las cosas o tienen que ser hechas por nosotros, o tienen que ser compradas. Y en un mundo así será muy difícil que se puedan dar relaciones auténticamente humanas.

En el evangelio de este domingo Jesús sana diez leprosos. Solamente uno se da la vuelta para agradecerlo. Los otros nueve se marcharon pensando, “ha habidosuerte”. No supieron ver el regalo que se les hacía. Y no saber acoger un regalo es perderse algo importante en la vida.

Hay quien dice que en las sociedades modernas nos damos las gracias con menos frecuencia que antes. No sé si es verdad. La explicación puede encontrarse en que vivimos en una sociedad de derechos. Los servicios que recibimos no son resultado de la condescendencia de quienes lo realizan, sino de uestado que tiene que cubrir determinadas necesidades de los ciudadanos. La sociedad de derechos es un avance en la historia de la humanidad. Pero la palabra gracias es una de esas palabras básicas de lo humano. Si desaparece de nuestro lenguaje algo fundamental se habrá perdido con ella.

Para que esta palabra sencilla pueda surgir en nuestras relaciones es importante que quien hace un favor a otra persona no lo haga humillándole ensu dignidad. Y esto se logra sobre todo cuando el favor, o los dones que nosdamos unos a otros, procedan del desinterés.

Afortunadamente todos estamos rodeados de cosas que ni se hacen ni se compran. El sol que nos calienta y alegra; el aire que respiramos; la belleza de la naturaleza; la originalidad y creatividad de toda persona humana. No son cosas que fabriquemos o compremos. Son cosas que nos son regaladas.

Alguien me decía en una ocasión que en uno de los idiomas africanos la palabra gracias significa mirar atrás. Al agradecimiento llega el que sabe mirar al pasado y contempla como ha ido transcurriendo su vida. Dios es la fuente del mayor regalo que recibimos, la vida. Dios que crea vida, la protege, sana y la sostiene. Y por eso siempre nos da razones para la gratitud. Gracias a Dios que nos ha dado a Jesucristo. Gracias a Dios que en su hijo a comenzado a sanar el mundo.


Homilía 27 domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C. 5 de octubre de 2013. Lc, 17, 5-6.

Lo decisivo en la fe


En un pasaje de la obra “Alicia a través del espejo” de Lewis Carroll se recoge este diálogo entre la joven y la reina.
-No puedo creer eso – dice Alicia. La reina le responde: -¿No? Inténtalo otra vez. Respira profundamente, cierra los ojos…
Alicia replica riendo: No necesito intentarlo. No se puede creer algo imposible.
Y la reina insiste: Seguro que no te has ejercitado correctamente. Cuando yo tenía tu edad cada día dedicaba media hora a creer cosas imposibles.

En este diálogo se presenta una caricatura de la fe cristiana. Una imagen de la fe demasiado extendida. Tener fe es creer cosas imposibles. Y para ello basta con entrenarse. Los cristianos a veces hemos extendido esta visión. Tertuliano, un escritor cristiano de los primeros tiempos del cristianismo decía una frase muy repetida posteriormente: “Creo porque es absurdo”. Pero esta frase tan repetida no se corresponde con el núcleo de la fe cristiana. La fe no es aceptar lo absurdo. La fe es confiar en Dios que por ser una realidad más grande que nuestro pensamiento tiene carácter de misterio. Creo porque es misterioso, deberíamos decir. La fe es la entrega confiada al Dios grande e infinito.

De esa fe precisamente es de la que habla Jesús en el diálogo con los discípulos en el evangelio de este domingodomingo.

Los apóstoles sentían que su fe era pequeña y por eso le piden a Jesús que se la aumente. La percepción de los apóstoles también es la nuestra y por eso su petición es también la nuestra. Puede ayudarnos el reflexionar sobre la respuesta de Jesús.

Jesús dice a los discípulos que si tuvieran fe como un grano de mostaza le dirían a una morera que se arrancar de raíz para plantarse en el mar y le haría caso.

El grano de mostaza es una de las semillas más pequeñas. Con ello Jesús quiere decir que toda la plenitud de la fe cabe en una pequeña semilla. Por eso una fe pequeña, pero auténtica, es capaz de realizar cosas aparentemente imposibles.

Para Jesús, a diferencia que para sus discípulos, no se trata de tener una fe fuerte o débil; no se trata de un más o menos de fe. Para Jesús la distinción importante es entre fe y falta de fe. No tener fe es tener ojos solamente para uno mismo y apoyarse únicamente en las propias fuerzas. Tener fe es tener ojos para Dios y confiar en su fuerza y en su amor. Quien tiene está fe, aunque le parezca muy pequeña, conseguirá cosas aparentemente imposibles. 

Por ejemplo, aceptar la propia vida, con sus limitaciones, inseguridades, miedos y temores.

La reina le decía a Alicia: cierra los ojos. Dios nos dice, en cambio, abre los ojos y mira a Dios, deja que actúe en ti y por ti. En definitiva en la fe no se trata de la “cantidad” que tengamos, sino de la orientación fundamental de nuestra mirada. Quizás los discípulos de Jesús estaban demasiado pendientes de sí mismo y se fiaban demasiado de sus propias fuerzas para superar las dificultades de la vida. Jesús les dice que eleven la mirada hacia Dios. ¿A quién tenemos en nuestra mirada: a Dios o a nosotros mismos? Esa es la cuestión decisiva.

Homilía 26 domingo tiempo ordinario. Ciclo C. 29 septiembre 2013. Lc 16, 19-31




RICOS Y POBRES

Si contamos la historia del evangelio de este domingo a un grupo de niños seguro que nos dicen que no les gusta el final. También a nosotros seguro que nos parece duro este pasaje del evangelio del pobre Lázaro y el hombre rico. En una ocasión dialogaba con un grupo de niños sobre este evangelio? Muchos de ellos tendían a disculpar al hombre rico. Alguno decía que a lo mejor no había notado su presencia junto a la puerta. También decían que tan malo no podía ser cuando tras la muerte y sufriendo tormentos pensaba en los suyos. Y además solamente pedía como alivió un vaso de agua para mojar sus labios. Finalmente todos decían que la historia tenía que haber acabado de otra manera. Que Dios tenía que haberse mostrado misericordioso y tendría que haber aceptado su arrepentimiento y perdonarle, como hace en otras historias de la Biblia. Como casi siempre además hacia Jesús.

Es verdad, Jesús habla del Dios de la misericordiosa y perdona a los pecadores. Per también tiene palabras muy duras contra la riqueza y los ricos. Parece que la riqueza resulta algo altamente peligroso para Jesús. Ciertamente es presentada por él como el mayor obstáculo a la llegada de Reino de Dios , que lo es de amor, misericordia, de paz, de compasión.

Y tenemos que reconocer que las palabras de Jesús son de enorme actualidad. Nuestro mundo se divide entre quienes como el rico del evangelio vivimos bien, y quienes les ha correspondido el papel de Lázaro, es decir de sentarse a la puerta de la casa de los ricos. Y esta división es lo que impide la llegada de una humanidad unida y está en el origen de muchas violencias.

No es fácil dejarse confrontar con esta historia y este texto del evangelio. Y es más difícil todavía cuando a todos nosotros nos resulta inaceptable la división de nuestro mundo entre ricos y pobres. Y todos estaríamos dispuestos a dar un paso, a dar nuestra contribución para que las cosas fueran de otra manera, pero nos sentimos pequeños e impotentes. ¿Qué podemos hacer nosotros, pequeños ciudadanos?

En primer lugar darnos cuenta que la riqueza es una actitud de vida, una manera de ser. Rico es el autosuficiente que no necesita de los demás. Por eso no tiene ojos para los demás, para los necesitados, y sí la tiene es de desprecio. El primer paso para un mundo más justo se encuentra en nuestra actitud y en nuestra mirada. Una mirada que reconozca la dignidad de todo ser humano; que le reconozca como un interlocutor en igualdad de condiciones.

También es importante no poner el dinero y la riqueza como el primer objetivo de nuestra vida sino los valores que realmente nos hacen humanos: la relación humana, la convivencia... Esto significa hacer de nuestro espació vital un lugar de acogida para todos los que nos encontramos. En segundo lugar compartir algo de lo que tenemos con los que más lo necesitan. En tercer lugar trabajar para tener lo necesario para nuestra vida y no para acumular dinero.

Homilía 25 domingo tiempo ordinario. Ciclo C. 22 de septiembre de 2013. Lc 16, 1-13

De todas las cosas se puede aprender algo



Es una frase que solemos repetir. Sobre todo cuando tenemos una experiencia negativa. Y es verdad, de todas las situaciones en la vida podemos obtener una enseñanza. En el evangelio de este domingo parece que Jesús también comparte esta opinión. Y por eso nos pone como ejemplo la conducta de un bribón. No porque su modo de proceder sea el correcto, sino porque su conducta, que es condenable, guarda una actitud que puede ser imitada en algún sentido.

De este modo Jesús nos dice que el evangelio de este domingo y nuestra relación con Dios no es sólo cosa de los domingos y de momentos especiales. Cualquier situación de la vida y cualquier conducta y comportamiento, por insignificantes que sean, tiene que ver con Dios.

Jesús nos habla de un mal adminsitrador que, ante el anuncio de ser despedido, convoca a todos los acreedores de su señor y les anula una parte de sus deudas. De este modo, los deudores estarán ahora en deuda con el administrador, y éste podrá recurrir a ellos a pedirles ayuda cuando se encuentre en necesidad.

Jesús pone esta actitud como ejemplo no para fomentar la estafa. Quiere llamar la atención sobre el modo de salir de las dificultades y las crisis. ¿Cómo superar una situación de dificultad? ¿Cómo salir de un problema? De nada nos sirve recurrir a lo que Dosotjewskil llamaba el dulce veneno de la autocompasión. De nada nos sirve la queja. Tenemos que desarrollar una actitud creativa y creadora ante nuestros problemas y dificultades.

A sus seguidores Jesús les propone la habilidad y decisión de el estafador. Para entrar en el Reino de Dios y para servir a ese Reino hay que actuar con decisión y habilidad. La fe no es sólo cuestión de palabras bonitas y buenos deseos. La fe se expresa en hechos, y para obrar son necesarias decisión y convicción. Eso es lo que le vamos a pedir a Dios en las celebraciones de este domingo. Mayor decisión y convicción para nuestra fe.

Jesús acaba con la famosa frase "no se puede servir a Dios y al dinero". El dinero es un instrumento para servirnos de él, pero no se le puede convertir en un ídolo al que servimos. Lo inteligente es servirse del dinero para hacer el bien, para desarrollar la humanidad. Lo estúpido es servir al dinero.


Homilía 24 domingo tiempo ordinario. Ciclo C. 15 de septiembre de 2013. LC 15, 1-10

Dios viene en nuestra búsqueda



La hija del escritor ruso Dostojewski cuenta que cuando su padre yacía enfermo y presentía el final de su vida pidió a su esposa que le leyera el capítulo 15 del evangelio de Lucas. Tras escucharlo se dirigió a sus hijos y les dijo: "Nunca olvidéis estas palabras. Confiad siempre en Dios y en su perdón. Yo os quiero mucho pero mi amor no es nada comparado con el amor infinito de Dios. Nunca dejéis de confiar en él cuando caigáis en la desdicha, hagáis algo malo u os perdáis".

Parte del capítulo 15 de Lucas es el evangelio que escucharemos en la celebración de este domingodomingo. Ahí se recogen tres parábolas de Jesús: la de la oveja perdida, la dracma perdida y la del hijo pródigo.

La palabra "perdido" tiene en nuestro lenguaje un doble sentido. Por una parte se refiera a un objeto que no encontramos ya en el lugar que esperamos. Por otra, se refiere a quien no encuentra orientación en su existencia y a quien se encuentra en una situación desesperada.

En estas tres parábolas se presenta a Dios de la misma manera. Él es el "buscador", el que viene al encuentro cuando estamos desorientados, cuando ya no tenemos fuerzas ni sentido para la esperanza. Ye ese gran buscador que es Dios viene para ofrecernos nuevas rutas para nuestra vida y nuestra historia; nuevas posibilidades para la fraternidad siempre pendiente.

Todos en ocasiones nos sentimos perdidos, o al menos confundidos y desorientados. O puede ser que pensemos que nuestro mundo no tiene remedio, que la humanidad no podrá encontrar caminos que superen la violencia, la injusticia, la inhumanidad...Quizás sea en esos momentos cuando tengamos que escuchar el consejo de Dostojewski y confiar en Dios y en su perdón. Ese perdón nos concede posibilidades nuevas para nuestra existencia y nuestra historia. Apoyados en ese perdón podemos intentar de nuevo permanecer en el camino del bien y del amor.





Homilía 23 domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 14, 25-33


EL PRECIO DEL REINO DE DIOS




Desde hace algún tiempo tengo una tarjeta de una librería que cuando la presento en la caja a la hora de pagar me hacen un porcentaje de descuento. Hay tarjetas de este tipo en distintos sectores comerciales. Es una manera de fidelizar clientes a cambio de no tener que pagar el precio completo de los productos.

El evangelio de este domingo nos habla del precio a pagar por entrar en el Reino de los cielos. Y se nos dice que hay que pagar el precio completo. Que no hay descuento. Y el precio es de verdad caro:

 Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío.

Podemos preguntar quién puede pagar ese precio. ¿Quién es capaz de ese nivel de renuncia y de negación de sí mismo?

El evangelista Lucas parece darnos una pista para responder a esta pregunta. Lucas nos dice que la entrada en el Reino de Dios es también cuestión de calculo. Como cuando un arquitecto calcula los gastos de un edificio. O un general piensa el número de soldados necesarios para ganar una batalla. Aparentemente las palabras del evangelista pueden resultar decepcionantes pues no hablan de gracia, misericordia y entrega sino que hablan de cálculo y estrategia. Pero es que el Reino de Dios es un camino que nos pone en movimiento; que abre ante nosotros un proceso. No todo sucede a una vez y en un solo movimiento. El camino del Reino de Dios nos pide un nivel de exigencia que tenemos que mantener siempre y por eso hay que medir las fuerzas, y prepararse para responder siempre a las exigencias que Dios nos pide.

El precio para entrar en el Reino de Dios es alto y no hay descuentos. Pero el evangelio de hoy termina recordando que todos podemos pagar ese precio. Para ello solo es preciso poner por delante de la riqueza los valores del Reino

Homilía 22 Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C. 1 de septiembre de 2013. Lc 14, 1., 7-14.

Encontrar el sitio correcto



Cuando acudimos a una reunión social, y tenemos que ocupar un lugar determinado, es importante saber bien cuál es el lugar que tenemos que ocupar. Puede ocurrir que por no prestar atención nos sentemos en un sitio incorrecto, y después, venga alguien y tengamos que movernos del sitio,para ir al lugar que teníamos asignado. En el tren, en el cine, en el teatro...siempre hay algunos que se sientan donde no deben, y luego hacen levantarse a toda la fila para salir y permitir que sean otros los que ocupen esos lugares.

Hoy día en ciertas reuniones sociales, como en las bodas, se suele poner un panel en el que se representa la colocación de las mesas y los convidados. En cierto sentido podíamos decir que eso es lo que hace el evangelio de este domingo. Jesús nos dice cuál es el lugar que tenemos que ocupar los cristianos en el convite de la historia.

Ese lugar es en las últimas filas. Cerca de la puerta. Porque de ese modo podremos estar cerca de los que se quedan a las puertas del banquete. Cerca de los que sufren, que son los invitados principales a la mesa del Señor.

Homilía 21 domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C. 25 de agosto de 2013. Lc 13, 22-30

Los dos caminos de la vida



Podemos imaginarnos que viajamos en un barco con un  grupo numeroso de personas. De repente hay una avería y se nos dice que tenemos que abandonar rápidamente el barco y acudir lo más pronto que podamos a las barcas salvavidas. Supongo que a nadie se le ocurrirá acercarse al capitán a preguntarle ¿son muchos los que se van a salvar? Tampoco nadie se planteará cuántos kilos de equipaje puede llevarse. Cuando la vida está en peligro hay que darse prisa y pensar sobre todo en cómo podemos salvarla.

La salvación de la vida es el tema del evangelio de hoy. Y lo es de la vida eterna. Jesús nos ha preparado un hogar para toda la eternidad. Y tenemos que hacer todo lo que podamos por llegar hasta allí. Pero ese camino pasa por una puerta estrecha. En cambio el camino que conduce a la infelicidad es amplio y grande. No hay que esforzarse mucho para recorrerlo.

Quien quiera alcanzar la plenitud de la vida tiene que recorrer el camino estrecho. Jesús nos pone ante la alternativa de elegir la plenitud para nuestra vida o la infelicidad; elegir la vida eterna y lo eterno de la vida o dejarnos sucumbir en la caducidad.

Hay personas que lo tienen todo: salud, éxito profesional, dinero, buena presencia física…Pero les falta lo más importante: la relación con Dios, origen y fin de la existencia humana. También les suele faltar la relación con los pobres, los enfermos, los débiles. No suelen tener sensibilidad para la justicia social. Nunca han experimentado lo que significa dar o compartir, aunque fuera de los que les sobraba. Cualquier cosa que hayan hecho para otras personas les han pasado la factura y los han cobrado. La consecuencia es que tienen mucho. Pero con un equipaje tan grande no pasan por la puerta que conduce a la plenitud de la vida. Quizás piensan que con dinero y bienes se puede alcanzar esa plenitud; algunos hasta pueden pensar que se puede llegar a Dios. Por eso en el evangelio de hoy Jesús dice: “Muchos intentarán entrar por la puerta y no podrán”. Dios nos pregunta por lo que amamos a los demás y no por el estado de nuestra cuenta.

Para entrar por la puerta estrecha que conduce a la plenitud de la vida Jesús nos dice que seamos como niños que ponen toda su confianza en Dios; que no centremos todas nuestras aspiraciones en el dinero y la riqueza para que Dios pueda entrar en nuestra vida. Que aspiremos a las cosas que realmente importan en la vida: ser justos y honrados; hacer algo por los demás; trabajar para dejar el mundo mejor que lo encontramos; ser sencillos y amables en el trato con los otros; que abramos nuestro corazón a Dios. En definitiva Jesús nos pide que revisemos las prioridades en nuestras vidas.


De esas prioridades depende nuestra salvación, realización y felicidad. Puede ser que cueste más vivir con ellas, pero al final conducen a la alegría y la salvación. Todos tenemos que elegir el modo con el que vivimos; la senda que queremos para nuestra vida. Dios y su Espíritu nos ayudarán a encontrarla.

Homilía 20 domingo tiempo ordinario. Ciclo C. 18 de agosto de 2013


fuego en la tierra

Imagino que a ustedes, igual que a mi les resultarán chocantes las palabras del evangelio de hoy. Por un lado no concuerdan con la idea de un Jesús que viene a traer la reconciliación y la paz. Por otro lado no se corresponden con lo que todos esperamos y deseamos encontrar en la iglesia. Todos estamos cansados de luchas, rencillas, conflictos, para que encima lleguemos a la iglesia y nos hablen del enfrentamiento en uno de los ámbitos en el que todos más tranquilidad deseamos encontrar que es en el de la familia.

Y sin embargo las palabras del evangelio de este domingo fueron dichas y pronunciadas por Jesús. Probablemente Jesús experimentaba que en el último tiempo de su misión sus palabras despertaban conflicto. No gustaban a los poderosos y Jesús presentía el enfrentamiento con las autoridades. Estas palabras son un reflejo del conflcito que crea el evangelio.

Estas palabras de Jesús nos dan realismo. Todos aspiramos a la paz, todos deseamos un mundo reconciliado y armónico. Pero a veces queremos paces y justicias muy facilonas. La paz se construye desde la verdad y a veces decir la verdad es doloroso.


El fuego que ha venido Jesús a traer a la tierra no es un fuego de destrucción, es energía, coraje y valentía.

Homilía 19 domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C. Domingo 11 de agosto de 2013. Lc 11, 1-2.8-19

 Permaneced vigilantes


En el evangelio de hoy Jesús nos llama a permanecer vigilantes. El trasfondo de esta llamada era la vigilancia de la casa y de los patios tal y como se realizaba en aquella época. En aquel entonces quien se ausentaba de su casa necesitaba personas de confianza que vigilaran las posesiones y lo bienes.
Del relato de algunos soldados de la época sabemos que la vigilancia consistía en permanecer presente y atento; no dormirse, no dejarse apartar del lugar. Se trataba de permanecer concentrado en las posesiones del señor que les había contratado.
Permanecer vigilantes es también en la vida cotidiana un gran reto. Pensemos simplemente cuando conducimos un coche. O pensemos en muchas tareas de los trabajos que tenemos que realizar.
En la parábola que Jesús nos presenta se trata de un encuentro de los criados despiertos con el Señor. Éste les sirve en la mesa para celebrar el reencuentro. Jesús nos presenta una imagen del reencuentro. Y puede ser leído como una indicación del valor de permanecer vigilantes. Quien acoge el reto de tener una vida despierta será recompensado. Lo será con una nueva manera de afrontar la vida, con una nueva sensibilidad, con un nuevo modo de relacionarse con los otros.
Permanecer despiertos es un gran reto también para los creyentes. Todos tenemos el riesgo de convertir nuestra fe y las celebraciones litúrgicas en una rutina. Por eso tenemos que tomar muy en serio el sentido de la celebración cristiana. No es otro que el encuentro con Cristo y con Dios.
No es ninguna casualidad que la eucaristía dominical surgiera en su origen de una vigilia nocturna. Los primeros cristianos pasaban la noche del sábado al domingo vigilando, rezando, cantando, leyendo las Escrituras…De este modo esperaban encontrarse con el Señor.
La fe nos apremia a permanecer vigilantes. A estar atentos y concentrados en lo que hacemos. Aunque a veces nos pueda parecer monótono y aburrido es la puerta por la cual Dios llega a nuestra vida.