Homilía 4º domingo de Pascua. Ciclo B. 29 de abril de 2012


UN VÍNCULO PARA SIEMPRE


En lo profundo del corazón los seres humanos aspiramos a lograr formar una “zona de estabilidad”; un lugar en donde tengamos garantizadas las relaciones y el afecto de las personas a las que apreciamos. Y más cuando tenemos que vivir en una sociedad caracterizada por el cambio y la incertidumbre. En un mundo en el que las relaciones se hacen inestables y parece que ya no creemos en vínculos humanos permanentes.

Con mucha frecuencia las relación de pareja es vivida en un “mientras dure”, excluyendo de antemano la posibilidad de un vínculo para siempre. Incluso habrá quienes manifiesten que es aburrido “permanecer unido a una única persona la vida entera”. Es mejor conservar la independencia, vivir sin ataduras, abiertos a relaciones que no comprometan del todo. Y esto que se dice de la relación de pareja se dice también de otros muchos ámbitos de la vida humana: de la vida profesional, de la pertenencia a asociaciones y grupos, de la relación con Dios y la Iglesia. Todo es volátil y cambiante. Nada parece ser estable, duradero, asentado en vínculos permanentes.

Este estado de cosas es resultado de una evolución técnica en la que las posibilidades de comunicación, viajes e intercambios con otras culturas, se han desarrollado mucho. Pero también lo son de una mentalidad que pone al yo y a sus intereses por delante, olvidándose de los de los otros. Y en este contexto hay que preguntarse si hay maduración real de la persona humana allí donde falta el compromiso por la felicidad de otra persona; el saberse responsable de la vida de otro ser humano.

Alguien contaba que uno de los recuerdos más fuertes de su infancia era una larga enfermedad de su madre. Una noche, cuando se levantó a beber un vaso de agua a la cocina, vio luz en el dormitorio de sus padres. Asomando la cabeza veía dormir a su madre. A su lado, sentado sobre la cama y arropado con una bata, estaba su padre mirándola mientras dormía. El niño preguntó: “Papá, ¿pasa algo?”. Y el padre respondió a su hijo: “Nada hijo, simplemente vigilo”. El recuerdo de su padre velando en la noche la enfermedad de su madre no se le borró nunca de la cabeza. Y esa imagen más que hablar, le transmitía fortaleza y le ayudó cuando él tuvo que afrontar la enfermedad de su hijo.

Realmente hay vínculos que llenan de fuerza no sólo a los que los sostienen sino también a los que los contemplan.

La expresión de Jesús: “Yo soy el buen pastor, conozco a mis ovejas y doy la vida por ellas”, manifiesta un vínculo de este tipo. Jesús que recibió la misión de llevar a cada uno de nosotros el amor de Dios, se sabe vinculado con cada criatura de Dios; con cada ser humano. Y ese vínculo es estable y permanente. La imagen del Buen Pastor es la de quien se compromete a permanecer a nuestro lado siempre, a cuidar y velar de nuestra vida, a protegernos y orientarnos en el camino de la existencia.

Para hacer efectivo ese vínculo y esa protección solamente se nos pide que depositemos nuestra confianza en Jesucristo. Esa confianza es la que creará en nuestro corazón una “zona de estabilidad”, un vínculo permanente al que podemos asirnos en los momentos de turbulencia y dificultad. Es claro que los problemas no desaparecerán mágicamente, ni nos veremos  preservados de la tarea de luchar y trabajar, pero encontraremos fuerzas para salir airosos. Así le ha sucedido a tantas personas que en situaciones complicadas han repetido las palabras del Salmo 23: “El Señor es mi pastor, nada me falta…Aunque pase por el más oscuro de los valles, no temeré peligro alguno porque tú Señor estás conmigo”. Cuando pasemos por el valle del dolor, del fracaso, de la incomprensión, de los reveses de la vida…Dios está de nuestro lado, camina con nosotros y nos da su fuerza y su consuelo.

Homilía 3º Domingo de Pascua. Ciclo B. 22 de abril de 2012

Solamente los muertos no vuelven a la vida



Dicen que en los tiempos de la revolución francesa cuando Robespierre pedía la muerte del rey Luis XVI dijo la frase: “Solamente los muertos no regresan nunca”. Parece ser que Robespierre era de los que pensaban que la muerte es una solución definitiva a lo que estaba resultado un “problema serio”.

Muchos de los que propiciaron la muerte de Jesús tenían la misma forma de pensar. Según el evangelio de Juan, algunos que participaron en el proceso que condujo a Jesús a la muerte pensaban que es mejor “que muera un hombre por todo el pueblo y no que perezca todo el pueblo”. Esa era la opinión de Caifás, seguro que compartida por otros muchos.

También los discípulos de Jesús eran de la opinión de que “los muertos no regresan nunca” y por eso la desolación, la tristeza, la resignación…vino a ellos cuando su maestro había muerto en la cruz. Todo había acabado –pensaban.

Como pensaban que los muertos no regresan nunca, cuando Jesús apareció en medio de ellos como nos dice el evangelio de este domingo, pensaron que veían un fantasma. Para vencer su escepticismo Jesús les muestra sus llagas y les pide que le palpen. Pero ni con esas acababan de creer del todo, y solamente cuando les pidió de comer, creyeron en el resucitado.

Las dificultades para creer que tenían los discípulos conceden credibilidad a los relatos de las apariciones del resucitado. Y de esto modo fortalecen e impulsan nuestra fe. La fe en la resurrección de Jesús no fue resultado de un fervor momentáneo, de un sueño equivocado, de una ilusión que se desvanece….

La fe en la resurrección fue resultado de un proceso de maduración en la fe. Esto no quiere decir que es la fe la que origina la resurrección de Jesús. Al contrario es la resurrección la que origina la fe. Pero ésta es resultado de un  proceso de crecimiento y de asimilación en el que acogieron y sacaron las consecuencias de la fe en la resurrección.

Los evangelios no pretenden decirnos “cómo” fue la resurrección. Quieren decirnos “que” la resurrección tuvo lugar. Y tampoco Jesús parece muy interesado en mostrar “cómo” sucedió la resurrección. Las apariciones del resucitado son discretas. No se aparece a las masas, sino al grupo de sus discípulos. No regresa junto a los que le condenaron y rechazaron para mostrarles que él tenía razón y los otros estaban equivocados. No hace alardes de su triunfo sobre la muerte, sino que llama a la confianza y a la acogida de su mensaje.

Es la manera con la que nuestro Dios actúa. No se impone por la fuerza. No hace demostración de que tenía razón. No se muestra triunfante. Quien nació en un humilde pesebre y era amigo de los pequeños y sencillos, resucita y vuelve sin armar mucho ruido. Viene en el susurro, en el silencio de la fe. Pero esa es precisamente su fuerza.

Porque Dios actúa de manera discreta, es también el que actúa de modo sorprendente. La fe en la resurrección quiere decir también, dejarse sorprender por Dios cada día.