Homilía de Pentecostés. Domingo 27 de mayo de 2012



El ESPÍRITU QUE ROMPE NUESTRA DUREZA

Un maestro de espiritualidad suele acudir a la orilla del río a contemplar el fluir de las aguas. Un buen día recoge una piedra del agua y la parte en dos pedazos. Asombrado comprueba que en su interior está completamente seca a pesar de estar en el fondo del agua. El agua no había penetrado en su interior. “Esto no puede ser por culpa del agua –se dice- sino por la dureza de la piedra que no deja pasar el agua”. Y al rato se pregunta si no nos pasa lo mismo a nosotros. El Espíritu de Dios puede estar a nuestro alrededor y sin embargo no penetrar en nuestro interior. La causa no puede estar en el Espíritu sino en nuestra dureza.

¿Qué endurecimientos hay en la vida humana? Todos sabemos lo estrecho, duro, silencioso,Y ausente que puede volverse una persona. También percibimos el interés que las personas pueden perder en otras personas, en el trabajo, en lo que les rodea, en definitiva en la vida. 

Cuando alguien se endurece, se cierra sobre sí, la vida huye de su existencia. Pues vida significa apertura, relación, cambio, movimiento, desarrollo….

El endurecimiento puede ser a causa de una mala experiencia, puede ser por carecer del valor de enfrentarse a la propia verdad, por desconfianza en los otros y en la vida, por permanecer en lo superficial de los acontecimientos y de las personas.

La acción del Espíritu Santo y sus efectos sobre nuestra vida son siempre la apertura, la profundidad, elevar la vista por encima de la propia situación, la apertura al futuro, la fortaleza para encarar la propia situación y la propia verdad. El Espíritu Santo siempre nos conduce hacia nosotros mismos abriéndonos a la vez a los demás. Permite que conozcamos nuestros límites y que a su vez los desbordemos. Nos muestra que para el amor no hay ninguna frontera.

Este es el Espíritu que pedimos venga sobre nosotros en este domingo de Pentecostés. Lo experimentamos presente en cada buena idea, en cada decisión reparadora, en la tentación que dominamos, en el dominio de situaciones difíciles, en no cansarnos de hacer el bien, en el reconocimiento de la verdad. ¿Qué sería de nuestra vida sin el Espíritu Santo?

Homilía fiesta de La Ascensión del Señor. Ciclo B. 20 de mayo de 2012


LEVANTAR EL CORAZÓN


En español a veces se oye una expresión que supongo que cada vez menos personas entienden y conocen su origen. Cuando queremos decir que una situación es inamovible decimos: “Esto no lo levanta ni el sursum corda”. El latinajo se refiere a la apelación que el sacerdote hace en la misa al comienzo de la oración eucarística. En la liturgia actual lo han traducido con “levantemos el corazón”. A lo que los fieles responden “lo tenemos levantado hacia el Señor”.

Se trata de unas palabras que nos recuerdan que tenemos que centrar nuestra vida en Dios. Y que eso es lo que realizamos en la eucaristía. A elevar el corazón es a lo que nos invita la fiesta de la Ascensión. En esta fiesta recordamos que Jesucristo resucitado entró en la gloria de Dios, pasó a vivir definitivamente junto a Dios. Y los discípulos que contemplaron la marcha del Señor fueron invitados a seguirle sobre todo con el corazón. O lo que es lo mismo a permanecer unidos a Jesucristo más allá de la visión sensible.

Los discípulos habían contemplado a Jesús. Le habían visto compadecerse, alegrarse y asombrarse, enfadarse y disgustarse…Y ahora, cuando ya no podían verle porque había desaparecido de su campo de visión, era el momento de su presencia en el corazón. De permanecer unidos al Señor más allá de donde alcanza la vista.

En la Ascensión recordamos que tenemos que saber levantar la vista hacia el cielo, hacia el lugar en el que habita Dios. Pero más importante que levantar la vista hacia Dios es levantar el corazón. Este órgano representa el centro de nuestra vida, nuestras motivaciones, nuestras relaciones, nuestros pensamientos y valores. Levantar el corazón hacia el cielo es centrar nuestra existencia en Jesucristo. Jesús asciende junto a Dios y desaparece de nuestro campo de percepción visual para tener una presencia en nuestro corazón.

Precisamente la misión a la que son llamados los discípulos en el evangelio de este domingo, es a la de hacer presente a Jesucristo con su vida. Los cristianos llevamos a Jesucristo en nuestro corazón para que Él llegue a esos lugares en los que nosotros habitamos. Hay muchas personas que buscan un encuentro personal con Dios, que aspiran a encontrarse con un Dios que les sostenga, acoja y aliente. Y nosotros, los cristianos, podemos hablarles de Jesucristo, que vino a acercarnos la realidad de ese Dios.

Levantar el corazón quiere decir ponerse en pie, elevarnos por encima de nuestras dificultades y problemas, dejar espacio a Jesucristo en nuestro corazón para que Él siga impulsado nuestra vida.