Homilía 5 domingo de Pascua. Ciclo B. 6 de Mayo de 2012. Jn 15, 1-8




La imagen de la amistad

La amistad es una de las cosas que más satisfacción aporta a nuestra existencia humana. Los amigos son un gran apoyo sobre el que nos impulsamos cada día y sobre los que nos levantamos de nuestros errores y caídas. Los amigos son el refugio al que acudimos a buscar protección, consuelo y consejo. Son también quienes saben decirnos palabras que nos despiertan de nuestras ensoñaciones y que nos corrigen cuando equivocamos el rumbo.

La amistad es un vínculo que cuando es verdadero permanece sobre el paso del tiempo uniendo la vida de dos personas. No sé si en nuestra cultura de cambios y movimientos hay todavía vínculos que permanezcan durante mucho tiempo. Pero si los hay lo son de los amigos de verdad.

Jesucristo nos ofrece su amistad. Un vínculo que no lo es para algún tiempo, algunas semanas o meses. Es una amistad para siempre y para toda la eternidad. Esta amistad puede ser tan estrecha que no pasemos un día sin hablar con él.

Todo esto es lo que Jesús nos quiere decir con la imagen de la vid y del sarmiento. Todos tenemos la libertad de separarnos de Jesús o de permanecer unidos a Él. Quien se separa no da fruto y quien permanece junto a Jesucristo hace crecer en su persona frutos que alcanzan hasta la eternidad.

Homilía 4º domingo de Pascua. Ciclo B. 29 de abril de 2012


UN VÍNCULO PARA SIEMPRE


En lo profundo del corazón los seres humanos aspiramos a lograr formar una “zona de estabilidad”; un lugar en donde tengamos garantizadas las relaciones y el afecto de las personas a las que apreciamos. Y más cuando tenemos que vivir en una sociedad caracterizada por el cambio y la incertidumbre. En un mundo en el que las relaciones se hacen inestables y parece que ya no creemos en vínculos humanos permanentes.

Con mucha frecuencia las relación de pareja es vivida en un “mientras dure”, excluyendo de antemano la posibilidad de un vínculo para siempre. Incluso habrá quienes manifiesten que es aburrido “permanecer unido a una única persona la vida entera”. Es mejor conservar la independencia, vivir sin ataduras, abiertos a relaciones que no comprometan del todo. Y esto que se dice de la relación de pareja se dice también de otros muchos ámbitos de la vida humana: de la vida profesional, de la pertenencia a asociaciones y grupos, de la relación con Dios y la Iglesia. Todo es volátil y cambiante. Nada parece ser estable, duradero, asentado en vínculos permanentes.

Este estado de cosas es resultado de una evolución técnica en la que las posibilidades de comunicación, viajes e intercambios con otras culturas, se han desarrollado mucho. Pero también lo son de una mentalidad que pone al yo y a sus intereses por delante, olvidándose de los de los otros. Y en este contexto hay que preguntarse si hay maduración real de la persona humana allí donde falta el compromiso por la felicidad de otra persona; el saberse responsable de la vida de otro ser humano.

Alguien contaba que uno de los recuerdos más fuertes de su infancia era una larga enfermedad de su madre. Una noche, cuando se levantó a beber un vaso de agua a la cocina, vio luz en el dormitorio de sus padres. Asomando la cabeza veía dormir a su madre. A su lado, sentado sobre la cama y arropado con una bata, estaba su padre mirándola mientras dormía. El niño preguntó: “Papá, ¿pasa algo?”. Y el padre respondió a su hijo: “Nada hijo, simplemente vigilo”. El recuerdo de su padre velando en la noche la enfermedad de su madre no se le borró nunca de la cabeza. Y esa imagen más que hablar, le transmitía fortaleza y le ayudó cuando él tuvo que afrontar la enfermedad de su hijo.

Realmente hay vínculos que llenan de fuerza no sólo a los que los sostienen sino también a los que los contemplan.

La expresión de Jesús: “Yo soy el buen pastor, conozco a mis ovejas y doy la vida por ellas”, manifiesta un vínculo de este tipo. Jesús que recibió la misión de llevar a cada uno de nosotros el amor de Dios, se sabe vinculado con cada criatura de Dios; con cada ser humano. Y ese vínculo es estable y permanente. La imagen del Buen Pastor es la de quien se compromete a permanecer a nuestro lado siempre, a cuidar y velar de nuestra vida, a protegernos y orientarnos en el camino de la existencia.

Para hacer efectivo ese vínculo y esa protección solamente se nos pide que depositemos nuestra confianza en Jesucristo. Esa confianza es la que creará en nuestro corazón una “zona de estabilidad”, un vínculo permanente al que podemos asirnos en los momentos de turbulencia y dificultad. Es claro que los problemas no desaparecerán mágicamente, ni nos veremos  preservados de la tarea de luchar y trabajar, pero encontraremos fuerzas para salir airosos. Así le ha sucedido a tantas personas que en situaciones complicadas han repetido las palabras del Salmo 23: “El Señor es mi pastor, nada me falta…Aunque pase por el más oscuro de los valles, no temeré peligro alguno porque tú Señor estás conmigo”. Cuando pasemos por el valle del dolor, del fracaso, de la incomprensión, de los reveses de la vida…Dios está de nuestro lado, camina con nosotros y nos da su fuerza y su consuelo.