Homilía 5º domingo de pascua. Ciclo C. Jn 14, 1-6


Parábolas vivas de la presencia de Dios

Pienso que en el mundo hay más personas cumpliendo el mandato del amor al prójimo de lo que pensamos. Lo que ocurre es que muchos de ellos lo hacen de manera discreta y silenciosa, sin aparecer en los periódicos ni en los medios de comunicación. Conozco personas enfermas que cenan todas las noches un plato de sopa caliente gracias a su vecina del piso de arriba. Niños que meriendan en casa de amigos de sus padres mientras son ayudados en sus tareas escolares. Vecinos que llevan leche y ropa al transeúente que duerme en el parque. Pequeños empresarios agrícolas que se han gastado bastante dinero en adecentar alguna casa de su propiedad para que pudieran dormir los trabajadores subsharianos en el tiempo de la recolección. Jovenes que han cambiado un futuro prometedor en una empresa multinacional por trabajar de educadores en un centro de menores...No son casos inventados. Son reales. Detrás de estás situaciones descritas hay un rostro y un nombre conreto que podría dar.

Todas estas personas no emplean mucho tiempo en pensar el sentido de la vida. Simplemente lo cumplen. Tampoco en la vida de Jesús "el sentido de la vida" fue una teoría. Lo vivió. Jesús y esas personas sabían que sólo se comprende lo que se vive. Y hay que vivir el sentido de la vida para entnederlo. El sentido de la vida es la de la entrega, el servicio al otro, la compasión...En definitiva, amar al prójimo.

Para un cristiano el amor al prójimo es siempre un signo de la presencia de Dios. Y las personas que aman son signos de su presencia. Parábolas vivas del Reino de Dios que se cumple en nuestra historia. Y de ese modo transforman el pequeño mundo a su alrededor. La única manera de transformar el mundo  esa través del amor. Aparentemente no se logra mucho y exige esfuerzo, pero es el único camino de transformación.

En este domingo todos somos llamados a ser parábola viviente de la presencia de Dios.

Homilía 4º Domingo de Pascua. Ciclo C. Jn 10,27-30. Domingo del Buen Pastor

Oir su voz

Uno de los milagros de las cosas cerca de nosotros es el de la voz humana. Hasta ahora no se ha logrado ningún aparato que pueda reproducirla en su modulación y diversidad, en su flexibilidad y resonancia.

Normalmente la voz humana es expresión de la personalidad de quien habla. Suele delatar  nuestro origen, el lugar en el que nacimos o vivimos, nuestro estado interior y nuestro carácater. En nuestra voz nos decimos a nosotros mismos. Un tono de voz tranquilo suele manifestar una personalidad serena. Un tono de voz enérgico suele apuntar a una personalidad decidida. En nuestro tono de voz nos presentamos a los otros. .


En el evangelio de hoy se presenta a Jesús como el buen pastor que es escuchado en su voz y que él nos conoce. ¿Qué tiene esa voz para que sea atendida? Jesús es la Palabra encarnada de Dios. Su voz transmite la cercanía y el cariño de Dios en lo profundo de lo humano. Por eso su voz depierta en el ser humano la confianza y la esperanza. Pero ¿Cómo dónde podemos escuchar su voz? Atendiendo a su palabra. En la Palabra de Jesús, recogida en el evangelio, se encuentra su voz que resuena en nuestro interior. 

El escritor francés, Francois Mauriac decía que le gustaba escuchar el evangelio con su oído interior "pues hay un tono que puedo conocer, un lenguaje del que estoy seguro que no me engaña. ¿Qué ser humano ha hablado nunca como Jesucristo?"

Escuchar la voz de Jesús en nuestro interior nos cambia, nos abre a la compasión, la esperanza, el amor...Y de este modo también nosotros nos convertirmos en "buenos pastores" que cuidamos de otros: el esposo de la esposa y la esposa del esposos; los padres de los hijos y los hijos de los padres, los amigos de los amigos...A todos nos une la voz del buen pastor que nos conduce por el camino del bien.