Homilía IV domingo de Cuaresma. Ciclo C. 10 de marzo de 2013. Lc 15, 1-3. 11-32


Una señal para empezar de nuevo



En los alrededores de la estación de una gran ciudad vivían en la calle un grupo de personas sin hogar. Entre ellos llamaba la atención un joven alto y delgado. Cuando se sentía más golpeado por la vida, el joven sacaba de su bolsillo un papel desgastado y lo leía. Su rostro se iluminaba mientras volvía a guardar cuidadosamente el papel. ¿Qué decía aquella misteriosa hoja? Simplemente una frase: “La puerta de casa está siempre abierta”. Era el resto de una carta que le había enviado hace algún tiempo su padre. Significaba que podía volver a casa cuando quisiera. Y una tarde lo hizo. Emprendió el camino a casa, cruzó el umbral de la puerta y silenciosamente se metió en la cama. Cuando a la mañana siguiente se despertó, lo primero que vio fue el rostro sonriente de su padre que llevaba un buen rato contemplándolo. En silencio se abrazaron.

Lo peor de los errores, las equivocaciones y el mal que hacemos en la vida, es que nos envuelven en una dinámica con la que es difícil romper. Para salir de esas situaciones necesitamos una señal, un signo que nos empuje a comenzar las cosas de nuevo. Para el joven del relato, la carta de su padre era el signo que inspiró la fuerza para retomar el camino de casa.

Y eso es lo que ocurrió en la parábola del hijo pródigo, o del padre perdonador, que se nos propone en este domingo. Jesús nos dice que Dios perdona siempre y ese perdón es una señal que nos anima a reconocer nuestra condición de pecadores, a asumir la culpa de nuestras malas acciones y retomar el camino de una nueva vida. Ante la misericordia de Dios podemos hablar de pecado y reconocer nuestra culpa.

Pecado es vida errada y culpa es cuestión de responsabilidad. Allí donde no se reconoce la responsabilidad sobre sí y los propios actos se pierde en humanidad. Confrontarse con la propia culpa es un acto de extrema libertad. La Iglesia no puede renunciar a la idea de pecado y de culpa porque en ella se contienen una de las experiencias más profundas de lo humano. En la idea de pecado se expresa el realismo de la falibilidad humana, la responsabilidad que hace vivir la vida con seriedad y la libertad en la que crecemos como personas.

Para poder afrontar nuestra vida con realismo y responsabilidad contamos con la fuerza que se desprende de confiar en la misericordia de Dios. Si estamos profundamente enraizados en Dios podremos reconocer con claridad nuestras limitaciones, desconfianzas y nuestra condición de pecado. Impulsados por el perdón de Dios podremos romper con todo ello y entregarnos confiados al abrazo de la acogida incondicional.

Homilía III domingo de Cauresma. Ciclo c. 3 de marzo de 2013. Lc 13, 1-9


Tiempo para crecer y cambiar



De Dios se puede hablar de muchas maneras. Se puede alabar su presencia. Se puede razonar y argumentar a favor de su existencia. Y también podemos contar nuestra experiencia de relación con él. Eso es lo que hacía el pueblo de Israel en los escritos de la Biblia. Y eso es lo que hacía Jesús. Hablaba de Dios desde la experiencia de relación con Él.

Es lo que ocurre en el evangelio de este domingo. Jesús nos presenta a un Dios que exige, porque exigente es el Dios que le había llamado a la misión de anunciar el Reino. Pero La exigencia de Dios es la del amor y por eso no puede angustiarnos o llenarnos de intranquilidad. Es una exigencia que persigue nuestro crecimiento, que pretende el desarrollo de lo mejor de nosotros mismos. Por eso, la exigencia de Dios viene acompañada de la paciencia. Dios que es exigente, es en la misma medida paciente. Y así nos lo presenta Jesús en el evangelio de hoy.

Una persona paciente es sobre todo el que sabe esperar. Y esperando concede tiempo a los otros. Un tiempo que es necesario para el crecimiento y el desarrollo. La paciencia de Dios es lo que envuelve el regalo del tiempo. Dios nos concede tiempo, nos da ocasiones constantes para crecer y desarrollarnos. Y sólo nos pide que sepamos aprovecharlas.

Dios en su exigencia nos llama a la conversión. Si acogemos su llamada al cambio, también tenemos que saber acoger el tiempo que nos concede para hacer realidad ese cambio. Que no nos neguemos a nosotros mismos la oportunidad que Dios nos concede. Que no nos sorprendamos diciendo, “soy así y no puedo cambiar”. Dios nos da tiempo para ser mejores, para hacer crecer lo mejor de nosotros mismos. Y que tampoco seamos nosotros de los que niegan a los demás la oportunidad del cambio, con expresiones del tipo “este nunca cambiará”. Si Dios concede a los otros tiempo para desarrollarse y crecer no seremos nosotros los que podamos negarles esa oportunidad.