Homilía 19 domingo tiempo ordinario. Ciclo A Mt 14, 22-33. 7 de agosto 2011


Homilía 19 domingo tiempo ordinario
Mt 14, 22-33



Viento en contra

No sé si alguno de ustedes ha pasado por la experiencia de caminar con un fuerte viento en contra. O de hacerlo montado en una bicicleta o en un velero. La verdad es que es una situación desagradable en la que somos puestos al límite de nuestras fuerzas. Caminar con un fuerte viento en contra es experimentar la imposibilidad casi de mover las piernas. Es comprobar que apenas avanzamos en nuestro camino aunque empleemos muchas energías. No, no es agradable caminar con el viento en contra.

En la vida todos pasamos por situaciones en las que tenemos viento en contra. La irrupción de una enfermedad, un revés económico, la pérdida de un ser querido, un accidente laboral, el cambio en las circunstancias en un negocio o un trabajo, un malentendido en una relación…. Por eso, el evangelio de este domingo con la imagen de los discípulos de Jesús navegando con un viento huracanado en contra es también una expresión de las dificultades que todos podemos encontrar en la vida. De la lucha en la que todos nos vemos envueltos: Lucha por conseguir un trabajo, por sobrellevar una enfermedad, por sacar adelante una empresa…

También Jesús tuvo en su vida viento en contra. La sospecha de las autoridades religiosas de su tiempo, la muerte de Juan el Bautista, la incomprensión de sus discípulos…También Jesús tuvo que afrontar situaciones adversas.

Pero Jesús se enfrentaba contra las adversidades de una manera distinta a la que lo solemos hacer nosotros. Ante las dificultades de la vida Jesús, ni se asustaba ni pataleaba. Jesús se retiraba a orar. Lo escuchamos en el evangelio de este domingo: después de estar con la gente subió al monte a solas para orar. Jesús sabía que hay un viento en contra que no podemos hacerle frente solo con nuestras fuerzas. Que en esas situaciones solo nos ayuda permanecer unidos a Dios.

El encuentro con Pedro deja claro la manera diferente que hay entre Jesús y nosotros de afrontar el viento en contra. Jesús, en unión con su Padre, es capaz de llegar a cualquier sitio. Pedro parece confiar también en la fuerza de Jesús, pero el primer revés del viento hace tambalear su confianza. Cuando ya se hundía en el agua, el grito de: “Señor, Sálvame” le pone de nuevo en el camino de la fe.

Con el grito “Señor, Sálvame” Pedro nos recuerda que hay peligros de la vida que solamente podemos vencer con la ayuda de Dios. Que a veces nos vemos afrontados a situaciones últimas en la que lo único que queda es confiar en Dios.

Esto no quiere decir que tengamos que esperar a que Dios elimine mágicamente las dificultades de nuestra vida. O que Dios nos libre de tener que luchar y esforzarnos. Lo que quiere decir es que la relación con Dios introduce en nuestra vida una perspectiva y una fuerza que nos ayuda a sobreponernos al viento en contra. La unión con Dios introduce en nuestra vida un camino que nos permite superar la situación adversa.

Hace unas semanas conocí a una persona a la que una enfermedad de corazón le apartó para siempre de la vida laboral. “Al principio –me decía- caí en una depresión. No tenía nada que hacer. Me aburría y no me sentía útil. Hasta que me incorporé al grupo de la parroquia que visita enfermos y personas solas. Descubrí personas que necesitaban de mí, que se alegraban de mi presencia, que me pedían que les arreglara algún papel…Aunque no ejerza mi profesión me siento igual de útil que cuando la ejercía.”

¿Qué esperamos de la fe? Que nos de consuelo, orientación, sentido. Seguro que la fe aporta todo eso. Pero la fe no nos ahorrará el momento de la dificultad, del viento en contra. El momento del fracaso, el dolor y el sufrimiento. En todas esas situaciones nuestra fe tiene que haber crecido y madurado lo suficiente para que, sabiendo que sólo de Dios nos puede venir la ayuda, digamos como Pedro: ¡Señor, Sálvame!

Homilía 18 domingo tiempo ordinario. Ciclo A, 31 de julio 2011

DADLES VOSOTROS DE COMER


Ciertamente no vivimos solamente de pan. El ser humano también necesita belleza, amistad, reconocimiento, sentido, reflexión, relación con Dios…Todo esto es necesario en la vida humana. Pero sin el alimento nuestro cuerpo no puede mantener sus funciones. Por eso en nuestra jornada nos damos un tiempo en el que la comida repare nuestras energías. En definitiva no vivimos sólo de pan, pero sin pan no podemos vivir.

Los discípulos parece que conocían muy bien esta ley de la naturaleza humana. Por eso, en el evangelio de este domingo, le dicen a Jesús que las personas que habían acudido a escucharle también necesitaban reparar fuerzas. No se pueden apurar las cosas hasta el final no sea que alguno desfallezca –“Maestro hay que ir acabando para que la gente pueda ir a los pueblos a comprar algo de comer”.

Los discípulos tienen las ideas a claras. A Jesús se viene a recibir el alimento espiritual. Pero el pan, el alimento del cuerpo, cada uno debe procurárselo por su cuenta. No nos resulta extraña esta manera de presentar las cosas. Aquí la Iglesia con su mensaje espiritual, allí la  sociedad y las personas con sus necesidades básicas. Lo nuestro es el alimento del espíritu, el del cuerpo no es tarea de la Iglesia

Jesús rompe con esta manera de dividir y trocear la existencia humana. Él siempre tiene una visión más integradora de la realidad. Por eso les dice a los discípulos: “Dadles vosotros de comer”. El mandato es claro. Misión de la Iglesia no es sólo anunciar el Reino de Dios. No basta con la catequesis y la instrucción en la fe. La fe afecta todas las dimensiones de la vida humana. La salvación también es cosa del cuerpo. Traiciona la verdad cristiana quien dice que el evangelio no tiene que ver con la historia y que el mensaje de la Iglesia sólo se refiere a la vida eterna. Cuando la Iglesia caiga en la tentación del “cada cual se busque la vida” que lo nuestro no tiene que ver con las necesidades del cuerpo, habrá que recordar de nuevo la palabra de Jesús: “Dadles vosotros de comer”.

¿Cómo es posible cumplir este mandato del Señor? ¿Cómo podemos dar de comer si tenemos tan pocos recursos? ¿Cómo podemos afrontar problemas tan graves como los que hay en el mundo si solamente tenemos cinco panes? La respuesta de Jesús otra vez nos sorprende. A Jesús no le interesa lo que tenemos; le importa lo que damos. En el Reino de Dios lo que cuenta no es lo que se tiene. Sólo importa lo que se da. Y si cada uno de nosotros diéramos lo que tenemos, seguro que la pobreza en el mundo se superaba en una tarde.

El escritor francés Saint Exupéry decía: “Es inolvidable el sabor del pan que tu compartes”. Ese sabor es el de la entrega, el del amor, el de la solidaridad. Un sabor que no se borra de la memoria. El pan repartido y compartido también expresa una palabra. Una palabra silenciosa que susurra al otro: “toma este pan, yo quiero que vivas, tu existencia me importa”.

Cuando el pan susurra una palabra de amistad y amor, el ser humano encuentra la satisfacción plena de sus necesidades. Vivimos de pan, pero sobre todo nos satisface el pan de amor, el pan de encuentro. El pan que nos susurra: “Tu me importas, yo quiero que vivas…” es el pan de la Eucaristía. Un pan que nos trae la entrega de Jesús y que a quien lo recibe lo capacita a darse y lo despreocupa del tener.