Homilia 13 domingo tiempo ordianrio. Ciclo C. 30 de Junio de 2013


Lo primero en primer lugar

Una de las palabras más recurridas en el lenguaje de la economía y la política es la palabra “prioridad”. Sirve para designar aquello que hay que atender en primer lugar. Lo que tiene preferencia.

No es fácil en la vida humana distinguir lo prioritario de lo secundario, lo que tiene preferencia de lo que va en segundo lugar. Es más, con cierta frecuencia alteramos el orden de las cosas y damos importancia primera a cosas que son  secundarias.

Jesús en el evangelio establece prioridades que tienen validez para todos los creyentes. La  prioridad es Dios y su Reino. Todo lo demás, familia, estabilidad económica, reconocimiento social…siendo cosas importantes, son secundarias o van en segundo lugar. Con esto no es que Jesús ponga unas condiciones excesivas a quien quiera formar parte de su grupo. Tampoco que fije un precio para conseguir la vida que promete. No es eso. Se trata de poner en primer lugar lo que fundamenta la vida y que es el suelo sobre el que se asientan los demás bienes. Es lo que nos recuerda en el evangelio de este domingo.

Quizás podamos entender mejor esto si recurrimos a una imagen, la del compás. Cuando el compás está bien asentado su trazado es firme y fiable. En cambio, cuando por alguna razón, está desequilibrada la pierna de apoyo, el trazado es desigual y nos conduce a error.

En la vida humana todo también depende del lado sobre el que apoyemos los movimientos de nuestra vida. Si lo hacemos sobre un suelo firme. Si nos encontramos bien asentados, nuestros movimientos serán decididos y firmes.

Cuando Jesús recuerda la prioridad del Reino de Dios es para dar estabilidad y firmeza a nuestra vida. Es para poner un suelo sobre el que se asientan todas las demás realizaciones.


Que Dios nos ayude a mantener el sentido de las cosas y a poner en primer lugar lo que es primero, y a postergar a un lugar secundario las cosas que van después.

Homilía domingo 12 del Tiempo Ordinario. Ciclo C. Domingo 23 de junio de 2013



La pregunta del aprieto

Hay preguntas que uno agradece que se las formulen porque, en una conversación, ayudan a hablar sobre algo que de otra forma se pasaría de largo. Hay preguntas que uno se alegra de escuchar porque son ocasión para mostrar lo mucho que uno domina un tema. Pero hay otras preguntas que nos ponen en un aprieto. Son aquellas que reclaman nuestro compromiso; que inquieren por nuestra postura personal; que descubren nuestra actitud.

Cuando converso sobre temas religiosos sé que llegará el momento en el que alguien te dice: “Todo esto de lo que hablas está muy bien, pero ¿tú cómo lo vives? ¿qué piensas tú de ello?”. Es lo que llamo la pregunta del aprieto. Aquí no suelen valer respuestas evasivas. Uno tiene que definirse, tomar postura.

De este tipo de preguntas es la que Jesús dirige a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo’”. No es una pregunta que pueda ser respondida solamente con una teoría. Jesús no quiere escuchar solamente la respuesta del catecismo. Busca desentrañar la actitud hacia su persona. La pregunta de Jesús podría ser traducida de esta manera: “Y yo ¿qué papel tengo realmente en tu vida? ¿Qué significado tiene mi persona en tus actitudes, en tu modo de comportarte?”

No es una pregunta que pueda ser respondida de una vez para siempre. Se responde a lo largo de la vida y en la medida que dejamos que el evangelio impregne nuestra persona. Y decir evangelio es decir entrega a Dios y servicio al prójimo. Es en el camino del seguimiento de Jesús, en su relación con Él; en las actitudes y comportamientos donde vamos diciendo quién es Jesús para nosotros.

Ese camino conduce a la cruz. Cada uno tenemos asignada una que debemos saber mirar de frente y asumirla. El dolor y el sufrimiento no lo superamos evadiendonos o huyendo, lo superamos asumiéndolo en amor y fe.