Homilía 4º domingo de pascua. 21 de abril de 2013. Jn 10, 27,30


Nos conoce por nuestra voz



La voz es uno de los rasgos característicos de nuestra personalidad. Nuestro tono de voz con frecuencia suele indicar la región de la que procedemos. Pero el tono de voz también puede decir algo de nosotros, de nuestro carácter, de nuestros rasgos personales. Un tono de voz tranquilo suele manifestar una personalidad serena. Un tono de voz enérgico suele apuntar a una personalidad decidida. En nuestro tono de voz nos presentamos a los otros. Les damos una primera información de nuestro modo de ser.

A menudo sucede que cuando escuchamos nuestra propia voz en una grabación nos resulta extraña y en un primer momento nos cuesta reconocernos en ella. Y es que siempre hay una diferencia en cómo nos perciben los demás y cómo nos vemos a nosotros mismos. Por eso, a veces nos asalta la pregunta ¿Quién soy realmente? ¿El que se ve a sí mismo? ¿Lo que los otros dicen que soy?

En el evangelio de hoy se dice que Jesús es el buen pastor que nos conoce a cada uno de nosotros. En otra parte de ese mismo texto se dice que nos conoce y reconoce a partir de nuestra voz. Nos conoce en lo más propio de nosotros mismos. En Jesús Dios penetra en lo profundo de lo humano para desde allí encontrarse con nuestra particularidad personal. Porque Jesús nos conoce en lo más hondo, su voz puede ayudarnos a encontrar la respuesta a la pregunta sobre quienes somos, sobre quién es el ser humano.

La historia de Jesús es la historia de un encuentro. El encuentro entre Dios y lo humano. Y no es un encuentro momentáneo o pasajero. Es un encuentro permanente en el que Dios sella su voluntad de estar junto al hombre. De vivir junto a nosotros pase lo pase y llegando hasta dar la vida por nuestra salvación. Una salvación que es vida y crecimiento de lo más humano de nosotros mismos. Una salvación en la que la entrega de Jesús es la ganancia de lo humano.

Jesús nos conoce por nuestra voz y nos dirige su voz para que afinemos nuestro timbre. Para que en nuestra vida resuene siempre lo más humano, que en Jesús es el cauce en el cual Dios se comunica y transmite.

Homilía 3º domingo de Pascua. Ciclo C. 14 de abril de 2013


JESÚS NOS ESPERA


Quizás ustedes hayan oído alguna vez la historia que Ernest Hemingway cuentaen su famoso libro, El viejo y el mar. Un viejo pescador sabía que la mala suerte le había perseguido siempre. Nunca en su vida había podido saborear el éxito. Por eso, decide jugarse todo a una carta y salir con su pequeño bote en búsqueda de una pesca que levante la admiración de todos. De ese modo podrá resarcirse desu sensación de fracaso. En alta mar logra pescar un pez enorme. Tras varios días de lucha el pescador se alza con la victoria. Pero cuando regresa a casa un tiburón se acerca al barco y devora su pesca. Cuando el hombre llega al puerto lo único que permanece de su pesca es un enorme esqueleto.

Siempre que leo el relato del evangelio que algunos llaman “la pesca milagrosa”me acuerdo de la narración de Hemingway. Al igual que el viejo, los discípulos regresan a la costa después de una noche de trabajo. Regresan con las redes vacías. Pero en la historia del evangelio hay una diferencia con la del relato de Hemingway. Cuando el viejo regresa a la orilla nadie le espera para ayudarle. A los discípulos, en cambio, les espera alguien. Jesús estaba en la orilla esperando. Y les espera en el momento del fracaso. Y ese Jesús les manda echar de nuevo las redes y almuerza con ellos los peces que acaban de coger.

A veces en nuestra vida nos ocurre como lo que se cuenta de la vida de los apóstoles. Intentamos pescar sin éxito. Nuestras manos y nuestra vidapermanecen vacías después de jornadas de esfuerzo. Pero es en esos momentos dónde podemos percibir la ayuda de quién espera en nosotros. Recibimos la fuerza de quién nos sostiene y empuja en nuestra vida. Jesús resucitado irrumpe en nuestra vida y con su palabra nos anima a levantarnos. Nos ordena echar de nuevo las redes. Jesús siempre nos espera en la orilla de nuestros fracasos para estrecharnos con la fuerza de Dios, para llenarnos con sus dones, para invitarnos a un convite. Felices los que saben descubrir su presencia tras el horizonte de tantas penas y derrotas.