Homilía 5º domingo de pascua. Ciclo A 22 de mayo de 2011

Homilía 5º domingo de Pascua


Raíces en el cielo

En nuestra vida son muy importantes las raíces. Son esas referencias primeras y más básicas de nuestra existencia. La tierra que pisamos por primera vez, los juegos de la infancia, la acogida vivida diariamente en la familia…Las raíces sostienen nuestra identidad, nos ayudan a superar los sentimientos de soledad y desvalimiento, y enmarcan nuestra vida en un sentido.


Los cristianos además de las raíces de la tierra también tenemos raíces en el cielo. Estamos enraizados en Dios. Bíblicamente, el cielo es el lugar donde Dios vive. El cielo no está en las nubes; está allí donde Dios existe. Y como Dios está en nuestro corazón y en la historia también allí se encuentra el cielo.

En el evangelio de este domingo Jesús dice a sus discípulos que estén tranquilos, que él va a prepararles un lugar junto a Dios. Jesucristo nos enraíza en el cielo, en el lugar de vida de Dios. De este modo amplía las referencias de nuestra identidad y otorga una nueva visión de nuestra existencia.

El ser humano suele llegar allí donde apunta su mirada. Quien mira hacia abajo suele permanecer a ras de suelo. Quien mira a lo alto suele elevarse por encima de sí mismo y de sus circunstancias. Jesucristo, al enraizarnos en Dios, nos lleva a mirar hacia lo alto. No para desentendernos y despreocuparnos de nuestra tierra y nuestra historia, sino para poner un color nuevo en nuestra mirada que nos mueva a vivir de otra manera y a transformar las cosas. Todos llegamos a donde apunta nuestra mirada y si el centro de nuestra visión es Dios, también Él será la meta de nuestra vida. Y podremos poner algo de Dios y de su vida en todo lo que nos rodea.

Jesucristo viene a decirnos que no somos personas sin hogar, que nuestra vida no tiene porqué estar desprotegida y desvalida, que no tenemos porqué sentirnos solos. En Dios tenemos un hogar que nos acoge y nos acompaña durante nuestra existencia. Y en el cual terminaremos los días de nuestra vida.


Homilía 4º domingo de Pascua. Ciclo A. Domingo 15 de mayo de 2011

Homilía 4º domingo de Pascua

Dios, nuestro hogar

Hace algunos días una persona conversaba conmigo recordando los días de su infancia en el hogar junto a su familia. Entre las cosas que me decía recuerdo sobre todo un comentario casi al margen. “Cuando fuera hacía frío, en mi casa siempre había calor”. El calor es quizás lo que distingue sobre todo un hogar. Un calor hecho de relación, confianza y afecto.

En la vida es muy importante tener un hogar. Es el lugar en el que acogemos el don de la vida, aprendemos a relacionarnos con los otros, abrimos nuestro mundo interior…

La imagen del hogar es una imagen apropiada para expresar la realidad de Dios. Para los creyentes Dios es el hogar en el que descansamos, reponemos fuerzas y sanamos nuestras relaciones con nosotros mismos, los demás y el mundo. Por eso, fuera de la relación con Dios a veces lo que abunda es la inquietud. Dostoievski decía en una de sus novelas que no conocía a ninguna persona sin Dios, conocía a personas inquietas. Antes que él ya lo había visto San Agustín que decía: “nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón inquieto está hasta que no descanse en ti”.

Cuando Jesús en el evangelio de este domingo habla del Buen Pastor que cuida de las ovejas nos transmite la idea de un hogar en el que somos acogidos, confortados, y en el que nuestra persona recibe los cuidados necesarios para sostenerse en la vida.

La imagen de un pastor que entra por la puerta, da la que habla el evangelio de hoy, se refiere a una práctica común en Palestina. Varios rebaños, procedentes de pastores diferentes, podían pasar la noche en un mismo recinto cerrado y custodiados por un único vigilante. Por la mañana los pastores cruzaban la puerta de ese recinto para recoger las ovejas de su rebaño.

Dios es un hogar para la vida humana y Jesucristo es la puerta que nos hace pasar a ese lugar de acogida y cuidados.

Quien ha tenido un hogar, quien ha recibido cuidados, también procura hospitalidad para otras personas. Por eso, la comunidad cristiana que se sabe acogía y sostenida en el hogar de Dios, es llamada a ser lugar de acogida y encuentro, un hogar en el que todos encuentren descanso y apoyo.