Homilía 11 domingo tiempo ordinario. Ciclo C. 16 de junio de 2013

La fe que abre la puerta al perdón


“A ti te conozco”. Es una de esas frases cuyo significado cambia con el tono de voz. Puede ser expresión de alegría en el encuentro con una persona que no veíamos desde hace tiempo. Pero puede ser también expresión de censura y reproche en forma de desconfianza.

Para conocer de verdad a otra persona es necesario acercarse a ella con los ojos de la simpatía y el cariño. Con cierta frecuencia miramos a los otros con los ojos de los prejuicios y por eso no penetramos realmente en su realidad personal. Y lo que es peor, hasta podemos pensar que nuestra mirada es la única correcta y reprochamos cortedad de miras o ingenuidad a quien se acerca a otra persona con la mirada de la simpatía y el afecto.

Esto es lo que ocurre en el pasaje del evangelio de este domingo. Jesús está invitado a la mesa de un fariseo, Simón. Una mujer pecadora se acerca y lava sus pies. El fariseo, que creía conocer a esa mujer, concluye que Jesús no puede ser un profeta si no es capaz de distinguir la clase de mujer que se le ha acercado. Pero los ojos de Jesús ven tanto que también adivina los pensamientos de Simón.

Las palabras de Jesús desvelan la dureza del corazón del fariseo y que hace de él un auténtico ciego. Solamente es capaz de ver lo exterior y su mirada condena a la mujer a vivir encadenada a su pasado. Jesús ve las cosas de otra manera. Ve lo exterior y sabe lo que ha hecho esa mujer. Pero puesto que su mirada también penetra lo interior, sabe a pesar de todo ha conservado un buen corazón; un corazón en el que hay lugar para la simpatía, la admiración y el cariño. Y lo expresa en el gesto de lavar los pies a Jesús.

El gesto de acercarse a Jesús en público, el valor de interrumpir la comida de personas distinguidas es expresión de algo importante. Su confianza en Jesús es más fuerte que el peso de su pasado. Y no le importa exponerse a miradas y comentarios de reproche, porque su admiración hacia Jesús es más fuerte que el miedo a los juicios de los demás. Por todo eso, la mujer que se acerca a Jesús es modelo de fe. De una fe que pone en movimiento. De una fe que abre a una nueva vida.


Quien sin ocultar su realidad, tiene la valentía para acercarse a Jesús, ya se ha liberado en parte del peso del pasado. Y se abre para recibir la gran alegría del perdón con el que comienza una vida nueva.

Homilía 10 domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo C. 9 de Junio de 2013.



MIRADA COMPASIVA

La madre Teresa de Calcuta comentaba lo que le sucedió en una ocasión. Repartan arroz en una de sus casas entre las familias más pobres de la ciudad. Una mujer llevó parte de sí ración a otra vecina más pobre. La madre Teresa decía: No me asombró que llevara parte de lo que había recibido a su vecina. Yo se que los pobres son solidarios.  Lo que me asombró fue que supiera, que se diera cuenta que su vecina tenía necesidad.

Es cierto. Cuando percibimos el dolor y el sufrimiento ajeno casi todos reaccionamos solidariamente. El problema es que no siempre lo percibimos. A veces vamos tan deprisa o tan pensando en nosotros mismos que no vemos el dolor de quien está cerca de nosotros. En nuestros días la reacción más común es la indiferencia. Lo que es lo mismo pensar que el sufrimiento de otros forma parte de la normalidad de la vida. O simplemente pensar que eso no tiene que ver con uno.

En el evangelio de este domingo Jesús resucita a un joven. Es el hijo de una viuda con cuyo cortejo fúnebre se cruza. Jesús se conmueve con el dolor de esta mujer y actúa. Es sorprendente la resurrección del joven. Pero también lo es que Jesús se conmueva ante el dolor de la mujer. Sabe que para una viuda la muerte de su hijo significa la pérdida de todo apoyo, significa soledad. Jesús ve lasa causas de dolor de su mujer y actúa. Y lo hace con toda su fuerza mesiánica. Libra al joven de la muerte porque en el Reino d Dios la muerte será vencida y se secarán las lágrimas de los que lloran.

La conducta de Jesús nos interpela a todos nosotros. Interpela a la comunidad cristiana, a la Iglesia. Nosotros no podemos resucitar muertos como el Señor pero sí podemos secar lágrimas. Sí podemos resucitar esperanzas enterradas: la de la reconciliación y el perdón, la que tienen muchas personas de sentirse acogidos y reconocidos, la de cambiar algo de este mundo injusto.