Homilía fiesta del Corpus Christi. 10 de junio de 2012


Fiesta del Corpus Christi



El escritor checo, Franz Kafka, tuvo un relato póstumo, que se piensa que es un retrato autobiográfico. Fue conocido después de su muerte. La narración se titula “Un artista del hambre”. En el relato se nos presenta una figura extraña. La de un ayunador profesional que es exhibido de pueblo en pueblo. Los adultos se divertían al contemplar una figura en los huesos. Los niños se asustaban. Unos vigilantes hacían guarda ante su jaula para certificar que el hombre nunca comía. Y el empresario no le dejaba ayunar más de 40 días seguidos para no poner en peligro su vida. Poco a poco el interés del público cambió y el espectáculo del ayunador profesional ya no gustaba. Fue contratado por un circo, pero los visitantes tampoco se fijaban en él. Después de algún tiempo los encargados del circo se acuerdan del ayunador profesional y se ofrece un diálogo. Cuando le preguntan por la razón de su ayuno, la respuesta es “porque no puede evitarlo”, pero ¿por qué no podías evitarlo? –le pregunta el responsable del circo. “Porque no pude encontrar comida que me gustara”. Y Kafka finaliza su relato diciendo que sus  ojos expresaban la convicción de que tendría que seguir ayunando.

Kafka parece indicar que en nuestra vida hay un sabor y un gusto que no se satisface con nada de lo que podemos encontrar en nuestro mundo. Hay un gusto para el cual no encontramos correspondencia total en el mundo que nos rodea. Es el gusto por la verdad, por el sentido de la vida y su plenitud. Lo que se ofrece en el mercado de productos y opiniones no sirve para satisfacer aquella hambre. El artista del hambre parece tener un gusto tan refinado que escapa de las banalidades que ofrece la sociedad de consumo. Pero él permanece fiel a su gusto y sigue buscando lo que le pueda satisfacer.

En la biblia se recurre repetidamente a la metáfora del pan, del hambre y la sed. El profeta Amós dice: “He aquí vienen días - dice el Señor- en que enviaré hambre sobre la tierra. No hambre de pan ni sed de agua, sino de oír la Palabra del Señor (Amós 8,11).  Nuestra fe no se conforma con lo que hay. Aspira a algo más. Es llevada por el gusto supremo de la verdad, la justicia. Los creyentes debiéramos cultivar un hambre eterna, que no pueda ser satisfecha más que por el Mesías.

El hambre eterna que los humanos tenemos se satisface por la presencia del salvador. Por eso Jesús nos dice “Yo soy el pan de vida”.

En este día de Corpus Christi podemos preguntarnos si en nuestro mundo sigue habiendo “artistas del hambre”. Personas que dotadas de un gusto supremo no se conformen con lo que la sociedad de consumo nos ofrece, y salgan buscando la plenitud, la vida. Jesucristo nos da su pan. ¡Qué no perdamos nunca el hambre y el gusto por ese pan!

Homilía Fiesta de la Trinidad.Domingo 3 de junio 2012


La Trinidad: Dios es amor


A lo largo de la historia de la humanidad se han presentado diversas imágenes de Dios. Se le ha presentado como un juez, como un guerrero, como un animal poderoso, como un espíritu caprichoso… Hay también quienes dicen que Dios no existe y que es un invento de los hombres.

Los cristianos decimos que la cuestión no es cómo nos imaginamos a Dios nosotros, sino cómo Dios se nos muestra él mismo. Quién es realmente Dios nos lo puede decir Él mismo. Y para ello ha elegido un camino muy particular. Hacerse uno de nosotros en Jesucristo para decirnos y mostrarnos quién es Dios realmente. Jesús nos dijo que Dios es un Padre, que nos cuida y protege, que nos perdona y acoge. También que nos exige, nos hace responsables y nos ayuda a desarrollar nuestros dones.

Aunque en Jesucristo sepamos quién es Dios, Él permanece más grande que nuestro pensamiento. Y así como el mar no cabe en un bañera, o todo el cielo no entra en una fotografía, Dios es más grande que nuestras imágenes y nuestro lenguaje. Por eso para vivir la realidad de Dios no basta con acoger la palabra de Jesús. Hay también que recorrer su camino, vivir como Él vivió.

La vida de Jesús estuvo abierta y entregada al Padre, del cual era enviado, y al cual obedecía. Y tras su resurrección prometió a sus discípulos el envío del Espíritu. Por eso la Iglesia habla de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Habla de la Trinidad.

Para entender la trinidad tenemos que recordar las palabras de San Juan, “Dios es amor”. La esencia de Dios es el amor y por eso tiene que vivir en relación, en comunidad de amor. No hay amor sin relación. Amar es dar y recibir, entregarse y acoger. Esto es lo que quiere decir la trinidad de Dios. Que es relación y comunicación eterna. Entrega y donación absoluta.

Los seres humanos podemos experimentar algo del amor de Dios en el amor que nosotros mismos vivimos y entregamos a otras personas. Para amar hay que ser primeramente amado. Para dar hay que tener antes. Dios nos ama primero, nos da nuestra persona, y de ese modo es fuente continúa de nuestro amor y entrega.

Y al final de nuestros días esperamos que Dios nos acoja en su vida de amor, en su entrega, permaneciendo allí para toda la eternidad.