Homilia Domingo Trinidad. 19 de junio 2011

Homilía Domingo Trinidad

La fiesta de la intimidad de Dios

Dicen los expertos que cuando la vida humana comienza tiene el tamaño de la cabeza de un alfiler. Resulta asombroso que de algo tan pequeño surja algo tan grande e inmenso como la personalidad de cada ser humano. Poco a poco esa célula primera evolucionará hasta dar lugar a una persona.

El crecimiento del ser humano no es solo biológico. La experiencia, los encuentros, las relaciones, los momentos de nuestra vida van impregnando nuestra existencia y van configurando nuestra personalidad. Sobre todo van construyendo nuestra intimidad, nuestra interioridad.

Cada persona humana lleva en sí un pequeño secreto. Se trata de la intimidad, de la vida interior. No la solemos enseñar con facilidad. Es más la solemos guardar de miradas indiscretas. Solamente la confianza y el amor puede llevarnos a mostrar a otros ese secreto.

También Dios tiene una esfera interior, que es lo que celebramos en la fiesta de hoy. La fiesta de la Trinidad es la fiesta de la intimidad de Dios.

La intimidad de Dios no permanece en secreto. Él nos la ha mostrado porque confía en nosotros y porque nos ama. Jesucristo es el que ha abierto la intimidad de Dios para dárnosla a conocer. Por eso la Trinidad de Dios antes que una formula teológica es una realidad en la vida de Jesucristo. Sus palabras y obras remitían a Dios Padre y son prolongadas en el Espíritu.

Los primeros cristianos se encontraron con Jesús. Escucharon sus palabras y fueron testigos de sus acciones. Estos discípulos veían que Jesús estaba lleno de Dios y le llamaron el Hijo de Dios. Este Jesús les hablaba de Dios Padre y le prometía el Espíritu. Por eso empezaron a bautizar en el nombre del Padre del Hijo del Espíritu.

Jesús nos ha dado a conocer la intimidad de Dios no para aumentar nuestro conocimiento ni para satisfacer nuestra curiosidad. Lo ha hecho para incorporarnos a esa intimidad, para hacernos partícipes de la realidad interior de Dios hecha de comunicación y de amor.

Homilía Domingo de Pentecostés. 12 de junio 2011

Homilía Domingo de Pentecostés

Aquí hay mucho que hacer

Seguramente que alguna vez hemos dicho la expresión: “Aquí no hay nada que hacer”. Es una frase que solemos pronunciar cuando nos enfrentamos a una situación que no nos ofrece ninguna perspectiva de evolución o de cambio; cuando no es de esperar ningún avance ni mejoramiento, cuando nos parece que no merece la pena seguir invirtiendo esfuerzos. Es una expresión de resignación y desesperanza.

Hay que estar muy seguros de las cosas para expresarse de esta manera. Por experiencia sabemos que con frecuencia las cosas pueden dar más de sí de lo que en un primer momento nos parecía. En ocasiones las cosas cambian, descubrimos un nuevo camino, nuestra acción parece tener más resultado del que esperábamos. Y en esas situaciones nos decimos: “Todavía se pueden hacer cosas, todavía se puede hacer algo…”

Algo así ocurrió a los discípulos en el día de Pentecostés. También ellos se encontraban en una situación en la que parecía no tener sentido esperar más. También ellos se decían, “aquí no hay nada que hacer”. Se encontraban cerrados en una casa llenos de miedo, nos dice el evangelio. Parece como si no estuvieran dispuestos a arriesgar su vida y comprometerse con el evangelio.

Y de repente el Espíritu de Jesús irrumpe en medio de ellos suscitando la alegría, inspirando la paz, llamando a la tarea de extender el Reino de Dios. No es que Jesús hubiera vuelto a la historia para estar físicamente entre ellos. Es una nueva manera de presencia, quizás más intensa y viva. Es la presencia del Espíritu de Jesús.

Tres son los signos del Espíritu de Jesús. La alegría, la paz y el compromiso con una misión que tiene como fin la reconciliación universal. Con el Espíritu de Jesús vencen la resignación y se ponen en camino de hacer lo que Jesús les había pedido: anunciar el Reino de Dios.

Tres son los frutos del Espíritu: la apertura a lo que está por venir, al futuro. Les da la paz y la alegría que vence sobre la tristeza y el miedo. También a nosotros el Espíritu de Jesús nos saca de la apatía y la desgana y despierta en nosotros nuevas fuerzas que puedan transformar nuestra vida cotidiana, enseñándonos que ahí, donde cada uno de nosotros vivimos y trabajamos, en nuestra persona, ahí queda mucho por hacer.