Homilía 12 Domingo Tiempo ordinario. Lc 9, 18-24

La pregunta del aprieto

Hay preguntas que uno agradece que se las formulen porque, en una conversación, ayudan a hablar sobre algo que de otra forma se pasaría de largo. Hay preguntas que uno se alegra de escuchar porque son ocasión para mostrar lo mucho que uno domina un tema. Pero hay otras preguntas que nos ponen en un aprieto. Son aquellas que reclaman nuestro compromiso; que inquieren por nuestra postura personal; que descubren nuestra actitud.

Cuando converso sobre temas religiosos sé que llegará el momento en el que alguien te dice: “Todo esto de lo que hablas está muy bien, pero ¿tú cómo lo vives? ¿qué piensas tú de ello?”. Es lo que llamo la pregunta del aprieto. Aquí no suelen valer respuestas evasivas. Uno tiene que definirse, tomar postura.
De este tipo de preguntas es la que Jesús dirige a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo’”. No es una pregunta que pueda ser respondida solamente con una teoría. Jesús no quiere escuchar solamente la respuesta del catecismo. Busca desentrañar la actitud hacia su persona. La pregunta de Jesús podría ser traducida de esta manera: “Y yo ¿qué papel tengo realmente en tu vida? ¿Qué significado tiene mi persona en tus actitudes, en tu modo de comportarte?”

No es una pregunta que pueda ser respondida de una vez para siempre. Se responde a lo largo de la vida y en la medida que dejamos que el evangelio impregne nuestra persona. Y decir evangelio es decir entrega a Dios y servicio al prójimo. Es en el camino del seguimiento de Jesús, en su relación con Él; en las actitudes y comportamientos donde vamos diciendo quién es Jesús para nosotros.

Homilía 11 domingo tiempo ordinario Ciclo C


La fe que abre la puerta al perdón

"A ti te conozco”. Es una de esas frases cuyo significado cambia con el tono de voz. Puede ser expresión de alegría en el encuentro con una persona que no veíamos desde hace tiempo. Pero puede ser también expresión de censura y reproche en forma de desconfianza.

Para conocer de verdad a otra persona es necesario acercarse a ella con los ojos de la simpatía y el cariño. Con cierta frecuencia miramos a los otros con los ojos de los prejuicios y por eso no penetramos realmente en su realidad personal. Y lo que es peor, hasta podemos pensar que nuestra mirada es la única correcta y reprochamos cortedad de miras o ingenuidad a quien se acerca a otra persona con la mirada de la simpatía y el afecto.

Esto es lo que ocurre en el pasaje del evangelio de este domingo. Jesús está invitado a la mesa de un fariseo, Simón. Una mujer pecadora se acerca y lava sus pies. El fariseo, que creía conocer a esa mujer, concluye que Jesús no puede ser un profeta si no es capaz de distinguir la clase de mujer que se le ha acercado. Pero los ojos de Jesús ven tanto que también adivina los pensamientos de Simón. Las palabras de Jesús desvelan la dureza del corazón del fariseo y que hace de él un auténtico ciego. Solamente es capaz de ver lo exterior y su mirada condena a la mujer a vivir encadenada a su pasado. Jesús ve las cosas de otra manera. Ve lo exterior y sabe lo que ha hecho esa mujer. Pero puesto que su mirada también penetra lo interior, sabe a pesar de todo ha conservado un buen corazón; un corazón en el que hay lugar para la simpatía, la admiración y el cariño. Y lo expresa en el gesto de lavar los pies a Jesús.

El gesto de acercarse a Jesús en público, el valor de interrumpir la comida de personas distinguidas es expresión de algo importante. Su confianza en Jesús es más fuerte que el peso de su pasado. Y no le importa exponerse a miradas y comentarios de reproche, porque su admiración hacia Jesús es más fuerte que el miedo a los juicios de los demás. Por todo eso, la mujer que se acerca a Jesús es modelo de fe. De una fe que pone en movimiento. De una fe que abre a una nueva vida.

Quien sin ocultar su realidad, tiene la valentía para acercarse a Jesús, ya se ha liberado en parte del peso del pasado. Y se abre para recibir la gran alegría del perdón con el que comienza una vida nueva.