Contestar en misa

Este verano he tenido la ocasión de participar en la Eucaristía como fiel cristiano. Me ha llamado la atención la timidez en la voz de los que asisten. Cuando el sacerdote inicia alguna invocación que debe ser seguida por los asistentes, la respuesta de la asamblea apenas es perceptible. La mauyoría responden en un tono de voz que ni siquiera puede ser escuchado por quien se encuentra en el mismo banco. Uno se pregunta si esa respuesta, apenas susurrada, es resultado del respeto que impone el templo, o es un reflejo del apocamiento a la hora de proclamar publicamente la condición de cristiano en una sociedad secularizada. También es verdad que a veces el tono de la respuesta no es más que la correspondencia a la actitud alejada y desinteresada, que sin pretenderlo, transmiten algunos sacerdotes cuando celebran. Sea lo que sea, me parece que es algo que entre todos deberíamos revisar y mejorar. En otros países las respuestas de la asamblea son pronunciadas con claridad y rotundidad. Y no es un asunto menor. Si la Eucaristía evangeliza pues es la expresión de la vivencia de la fe, los que vivimos la fe con alegría, convicción y firmeza, deberíamos transmitirlo en nuestra voz. También cuando respondemos en misa. Aunque, a veces, el tono del que presida no invite a ello.

Evangelio del domingo 13 de septiembre XXIV del Tiempo Ordinario














La pregunta del apuro

Cuando alguien da clases o simplemente anima la reflexión de un grupo a veces llega el momento de la pregunta del apuro. Es cuando alguien dice: "Todo eso que usted nos ha explicado está muy bien, pero en la vida cotidiana ¿usted como lo afronta? ¿Cómo lo resuelve'?". La pregunta del apuro es la que no nos deja mantener la distancia de la teoría respecto al objeto de nuestro discurso. Es la que nos compromete personalmente.

Cuando Jesús pregunta a sus discípulos: "Y vosotros ¿quién decís que soy yo?", les dirige la pregunta del apuro. Jesús no les pregunta por la respuesta que dice el catecismo o un libro de teología. Jesús les hace una pregunta personal. Podríamos traducirla a nuestro lenguaje diciendo, "¿qué papel juego yo en vuestra vida?", "¿que lugar ocupo en vuestras motivaciones e intereses?"

Es una pregunta que todo cristiano tiene que responder. Y el evangelio nos recuerda que esa pregunta dónde mejor la podemos responder es camino del calvario. Jesús es la fuerza de Dios para nuestra vida. Y esa fuerza se hace valer sobre todo allí donde lo humano sufre y duele. Allí donde se precisa del amor, la solidaridad y la ternura para hacer valer la dignidad de lo humano.