Homilía 3º domingo de Cuaresma. Ciclo B. 11 de marzo de 2012

Una religiosidad de vida


La imagen de Jesús expulsando a los vendedores del templo puede suscitar comentarios de aprobación: “Aquí Jesús habla con claridad y actúa con decisión. Se enfrenta con contundencia a quienes falsean y alteran el sentido de lo religioso”. No sé si estos comentarios de aprobación tienen en cuenta que esta acción de Jesús conduce a la cruz. Y no sólo porque con bastante probabilidad fuera el desencadenante del proceso que le llevo a la condena a muerte. También porque el significado de esta acción alcanza plenitud en la cruz.

Los vendedores del templo no eran unos vendedores cualquiera. La materia de su negocio eran los objetos destinados al culto: animales para el sacrificio, aceite para las lámparas…Todos estos objetos eran instrumentos utilizados por una religiosidad que recurría a la ofrenda como un “mecanismo de sustitución”. Se presentaba a Dios una ofrenda en lugar de comprometer la propia vida. Se actuaba como si la ofrenda realizara lo que uno debiera hacer y de ese modo dispensaba al que la ofrecía de todo esfuerzo posterior.  

Cuando le preguntan a Jesús por la legitimidad de su acción habla de su muerte y resurrección. O lo que es lo mismo, contrapone su propia entrega a una religiosidad guiada por el mecanismo de la sustitución. Jesús expulsa a los vendedores del templo para dar paso a una religiosidad de la entrega y el compromiso de la propia vida. Por eso, para los cristianos el nuevo templo es la vida de Jesús entregada en la cruz. Y el nuevo culto consiste en unir nuestra entrega personal a la del Señor.

La expulsión de los vendedores del templo sintetiza en una acción muchas de las palabras que Jesús había dicho: que el amor a Dios va unido al amor al prójimo; que no se puede amar a Dios y despreciar al hermano; que  llevar una ofrenda sobre el altar pierde su sentido si no lo hacemos desde una vida reconciliada con los demás…

Jesús quiere transformar las piedras del templo en piedras vivas. En la celebración de la eucaristía nuestra persona es transformada en lo que San Pablo pedía a cada creyente: ser templos vivos de Dios. Por eso cuando entramos en una iglesia no deberíamos dejar fuera lo que somos y vivimos en nuestra vida cotidiana. Al entrar en la iglesia no hay que dejar en la puerta los problemas y alegrías; no hay que olvidar el trabajo y la vida familiar. Al contrario allí acudimos con todo lo que es nuestra vida para que la fuerza de Dios la purifique y la transforme. Y debemos llevar también los problemas y anhelos de toda la humanidad

Para avanzar en esa “civilización del amor” a la que la que ha sido llamada la Iglesia, debiéramos comenzar por expulsar los mercaderes de nuestro corazón. Dejar atrás el cálculo y el interés, permitiendo que Cristo transforme nuestra vida para que cada día sea más entregada.

Homilía 2º domingo de Cuaresma. Ciclo B. 4 de marzo de 2012



La transfiguración del Señor

Hay situaciones en nuestra vida en las que percibimos la cercanía del cielo. Son esos momentos en los que se ilumina nuestra existencia, nos llenamos de auténtica alegría y realmente vemos que se nos abren los cielos envolviéndonos de luz y claridad.

Hace algún tiempo en un programa de radio pedían que llamaran personas para contar alguna experiencia luminosa en su vida. Una madre hablaba del nacimiento de su hija; otra recordaba la experiencia de volver a poder andar tras quince años de una enfermedad que le había producido una parálisis; un expresidiario hablaba emocionado de un funcionario de su prisión que durante diez años de su condena pagó de su dinero una medicina que necesitaba y que puntualmente se la traía cada mes.

Cada uno de nosotros recordamos algún momento en nuestra vida en el que irrumpe un “nuevo mundo” que deja atrás el egoísmo, la enfermedad, la tristeza, la decepción…Esos momentos permanecen en nuestra memoria., y, cuando nos vemos envueltos en las amarguras de la existencia, al recordarlos intuimos que hay otras posibilidades para nuestra vida. Alguien dijo una vez: “En las horas oscuras de tu vida sé fiel a lo que has visto en los días de luz”.

Desde este trasfondo podemos comprender la transfiguración de Jesús en el monte Tabor. Aquellos discípulos que no siempre entendían las palabras del Maestro; que a veces se sentían confundidos con su conducta, de repente ven todo con claridad. El cielo se abrió y brilló ante ellos la luz de la eternidad que les decía que Jesús era el Hijo de Dios. Por eso, su palabra era muy importante y había que acogerla y cumplirla aunque no siempre se entendiera. 

Y por eso, estar junto a Jesús era estar junto a Dios.Los discípulos están tan impresionados que quieren quedarse allí junto al Maestro. En la vida humana todos queremos atrapar los momentos de felicidad, las ocasiones llenas de luz. Pero la felicidad no se deja poseer. Quien lo intente verá como se escapa de sus manos. La felicidad no se atrapa, relampaguea ante nosotros para que, rozados por ella, podamos continuar el camino de la vida manteniendo la fe en el cielo.

Eso es lo que hizo Jesús. Tomar el camino de regreso. El camino que conduce a la pasión, que lleva hasta la cruz. Recorrió ese camino con decisión porque la luz de Dios brillaba en su interior. Jesús nos recuerda que en las horas oscuras de nuestra vida debemos mantenernos fieles a la luz que hemos visto. En las horas amargas de la vida podemos recordar los días de claridad para reconocer después que caminamos hacia esa luz aunque de momento atravesemos valles oscuros.