Homilía XXIV Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C

Dios, el buscador de lo perdido
La hija del escritor ruso Dostojewski cuenta que cuando su padre yacía enfermo y presentía el final de su vida pidió a su esposa que le leyera el capítulo 15 del evangelio de Lucas. Tras escucharlo se dirigió a sus hijos y les dijo: "Nunca olvidéis estas palabras. Confiad siempre en Dios y en su perdón. Yo os quiero mucho pero mi amor no es nada comparado con el amor infinito de Dios. Nunca dejéis de confiar en él cuando caigáis en la desdicha, hagáis algo malo u os perdáis".

Parte del capítulo 15 de Lucas es el evangelio que escucharemos en la celebración de este domingo. Ahí se recogen tres parábolas de Jesús: la de la oveja perdida, la dracma perdida y la del hijo pródigo.

La palabra "pérdido" tiene en nuestro lenguaje un doble sentido. Por una parte se refiera a un objeto que no encontramos ya en el lugar que esperamos. Por otra, se refiere a quien no encuentra orientación en su existencia y a quien se encuentra en una situación desesperada.
En estas tres parábolas se presenta a Dios de la misma manera. Él es el "buscador", el que viene al encuentro cuando estamos desorientados, cuando ya no tenemos fuerzas ni sentido para la esperanza. Ye ese gran buscador que es Dios viene para ofrecernos nuevas rutas para nuestra vida y nuestra historia; nuevas posibilidades para la fraternidad siempre pendiente.

Todos en ocasiones nos sentimos perdidos, o al menos confundidos y desorientados. O puede ser que pensemos que nuestro mundo no tiene remedio, que la humanidad no podrá encontrar caminos que superen la violencia, la injusticia, la inhumanidad...Quizás sea en esos momentos cuando tengamos que escuchar el consejo de Dostojewski y confiar en Dios y en su perdón. Ese perdón nos concede posibilidades nuevas para nuestra existencia y nuestra historia. Apoyados en ese perdón podemos intentar de nuevo permanecer en el camino del bien y del amor.



Maravillas de la iglesia
En la diócesis de Brooklyn (Nueva York) cada domingo se celebra la eucaristía en 70 idiomas diferentes. Me lo decía el Padre Thomas Gilbert, joven sacerdote de esta diócesis, conversando después de celebrar juntos en un convento de carmelitas descalzas. Una de las caracterísitcas de la ciudad de Nueva York es la de ser un espacio de conviencia de personas muy diferentes por lenguaje, cultura, procedencia...Y conviven de manera pacífica y amigable. Cuando escuchaba la cifra que me decía el Padre Thomas, además de impresionado, me sentí profundamente contento de ser católico. Nuesta iglesia se compone de miembros de distintas culturas y procedencias. Y todos permanecemos unidos bajo el amor de Dios y en la fe de Jesucristo. La Iglesia acoge a todos los seres humanos y no se pide que para seguir a Jesús tengamos que renunciar a nuestro origen o raices culturales. Al contario, nuestra identidad cultural es incorporada y asociada a la identidad cristiana.

Cuando tanto se denigra y critica a la Iglesia conviene recordar cosas como esta. A pesar de los errrores y fallos, que los ha habido y muy grandes, no hay institución que haya hecho -y siga haciendo-  más por el ser humano que la iglesia católica. No reconocerlo es estar ciego o lleno de mala intención. Cada domingo, en Nueva York, y en lugares más pequeños, como en el que tu y yo vivimos, la iglesia abre sus puertas para ser la casa del hombre por ser la casa de Dios. Ahí puede entrar cualquiera, que todos somos bienvenidos.