Homilía 5º Domingo de Pascua. Ciclo C. 28 de abril de 2013. Jn 13, 31-33a.34-35


Raíces en el cielo

En nuestra vida son muy importantes las raíces. Son esas referencias primeras y más básicas de nuestra existencia. La tierra que pisamos por primera vez, los juegos de la infancia, la acogida vivida diariamente en la familia…Las raíces sostienen nuestra identidad, nos ayudan a superar los sentimientos de soledad y desvalimiento, y enmarcan nuestra vida en un sentido.


Los cristianos además de las raíces de la tierra también tenemos raíces en el cielo. Estamos enraizados en Dios. Bíblicamente, el cielo es el lugar donde Dios vive. El cielo no está en las nubes; está allí donde Dios existe. Y como Dios está en nuestro corazón y en la historia también allí se encuentra el cielo.

En el evangelio de este domingo Jesús dice a sus discípulos que estén tranquilos, que él va a prepararles un lugar junto a Dios. Jesucristo nos enraíza en el cielo, en el lugar de vida de Dios. De este modo amplía las referencias de nuestra identidad y otorga una nueva visión de nuestra existencia.

El ser humano suele llegar allí donde apunta su mirada. Quien mira hacia abajo suele permanecer a ras de suelo. Quien mira a lo alto suele elevarse por encima de sí mismo y de sus circunstancias. Jesucristo, al enraizarnos en Dios, nos lleva a mirar hacia lo alto. No para desentendernos y despreocuparnos de nuestra tierra y nuestra historia, sino para poner un color nuevo en nuestra mirada que nos mueva a vivir de otra manera y a transformar las cosas. Todos llegamos a donde apunta nuestra mirada y si el centro de nuestra visión es Dios, también Él será la meta de nuestra vida. Y podremos poner algo de Dios y de su vida en todo lo que nos rodea.

Jesucristo viene a decirnos que no somos personas sin hogar, que nuestra vida no tiene porqué estar desprotegida y desvalida, que no tenemos porqué sentirnos solos. En Dios tenemos un hogar que nos acoge y nos acompaña durante nuestra existencia. Y en el cual terminaremos los días de nuestra vida.

Homilía 4º domingo de pascua. 21 de abril de 2013. Jn 10, 27,30


Nos conoce por nuestra voz



La voz es uno de los rasgos característicos de nuestra personalidad. Nuestro tono de voz con frecuencia suele indicar la región de la que procedemos. Pero el tono de voz también puede decir algo de nosotros, de nuestro carácter, de nuestros rasgos personales. Un tono de voz tranquilo suele manifestar una personalidad serena. Un tono de voz enérgico suele apuntar a una personalidad decidida. En nuestro tono de voz nos presentamos a los otros. Les damos una primera información de nuestro modo de ser.

A menudo sucede que cuando escuchamos nuestra propia voz en una grabación nos resulta extraña y en un primer momento nos cuesta reconocernos en ella. Y es que siempre hay una diferencia en cómo nos perciben los demás y cómo nos vemos a nosotros mismos. Por eso, a veces nos asalta la pregunta ¿Quién soy realmente? ¿El que se ve a sí mismo? ¿Lo que los otros dicen que soy?

En el evangelio de hoy se dice que Jesús es el buen pastor que nos conoce a cada uno de nosotros. En otra parte de ese mismo texto se dice que nos conoce y reconoce a partir de nuestra voz. Nos conoce en lo más propio de nosotros mismos. En Jesús Dios penetra en lo profundo de lo humano para desde allí encontrarse con nuestra particularidad personal. Porque Jesús nos conoce en lo más hondo, su voz puede ayudarnos a encontrar la respuesta a la pregunta sobre quienes somos, sobre quién es el ser humano.

La historia de Jesús es la historia de un encuentro. El encuentro entre Dios y lo humano. Y no es un encuentro momentáneo o pasajero. Es un encuentro permanente en el que Dios sella su voluntad de estar junto al hombre. De vivir junto a nosotros pase lo pase y llegando hasta dar la vida por nuestra salvación. Una salvación que es vida y crecimiento de lo más humano de nosotros mismos. Una salvación en la que la entrega de Jesús es la ganancia de lo humano.

Jesús nos conoce por nuestra voz y nos dirige su voz para que afinemos nuestro timbre. Para que en nuestra vida resuene siempre lo más humano, que en Jesús es el cauce en el cual Dios se comunica y transmite.