33 domingo tiempo ordinario. Ciclo A. Mt 25, 14-30. 13 de Noviembre 2011.


Lo que Dios nos confía


Imaginaros que en un concurso ganáis el siguiente premio. Cada mañana un banco ingresará en vuestra cuenta 1.440 dólares. Como todo premio éste también tiene sus reglas. El dinero lo tenéis que utilizar para gastarlo. No lo podéis acumular ni transferir a otra cuenta. Al final del día se os retirará lo que no hayáis gastado. A la mañana siguiente, al comenzar el nuevo día se, os ingresará de nuevo 1.440 dólares. La segunda regla dice que el premio puede ser retirado un día sin avisar previamente.
¿Qué haríamos cada uno de nosotros con el premio? Seguro que compraríamos todo lo que necesitáramo. Y no sólo para nosotros. También para las personas que queremos. Incluso a lo mejor hasta ayudábamos a alguna institución caritativa.
Este premio no es un cuento. Es realidad. Cada día recibimos 1.440 minutos para utilizarlos como queramos. Los que no utilicemos se perderán para siempre. ¿Qué hacemos con nuestros 1440 minutos diarios? Es hora de empezar a vivir de verdad.

En el evangelio de este domingo escuchamos la parábola de los talentos. Un hombre al ir de viaje reparte su fortuna entre sus servidores. Dos de ellos se arriesgan e invierten lo que les han dado. Otro, por miedo, esconde lo recibido. Al regreso el amo pide cuentas a los servidores y expulsa al que por miedo no ha hecho crecer lo que le había entregado.

En esta narración Jesús nos recuerda lo mucho que hemos recibido en la vida. Según cálculos de los biblistas un talento es el equivalente a 21 kilos de plata y con ello se quiere decir que es impagable lo que Dios nos ha confiado. Un servidor de la parábola no toma en serio esa confianza y por miedo esconde lo recibido.

Dios nos ha confiado mucho. Nos ha confiado el tiempo de nuestra vida y pide que lo empleemos bien y que no lo estropeemos en tonterías. O que por miedo lo escondamos. El miedo, con mucha frecuencia nos paraliza e impide que actuemos. El miedo es un mecanismo de defensa que nos advierte de un peligro. Pero si nos dejamos llevar por ese miedo cerraremos todas nuestras perspectivas de desarrollo y de futuro.

Nos puede asustar el final de la parábola en la que Dios pide cuentas de lo que nos ha confiado. Pero esta parábola no fue dicha para meter miedo sino para llamar a la responsabilidad y a la confianza. Una confianza que nos permita arriesgar para crecer en vez de escondernos asustados.

Nuestra vida es un gran regalo. Y si Dios me hace ese regalo es porque para Él soy muy importante. Ante  Dios no tengo que ganarme su aprecio o mostrar el valor de mi persona. Dios me ama como soy y no tengo que demostrarle nada para recibir su apoyo. Esa confianza me da fuerzas para superar el miedo en la vida y arriesgarme empañándome en el crecimiento de lo que soy.

Dios nos ama tanto que también nos ha confiado otras personas que están cerca de nosotros para les ayudemos a crecer.

Tenemos que preguntarnos en la vida si sabemos los talentos que hemos recibido de Dios y si nos apoyamos en esa confianza de Dios para superar nuestros miedos y arriesgarnos a crecer.

32 domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A. Mt 25, 1-13.

Algo más que una fiesta


Conocemos situaciones en las que alguien con toda la buena intención del mundo se equivoca en su modo de actuar. Hay veces que queriendo ayudar a otra persona nos equivocamos. Recuerdo de alguien que quiso ayudarme una vez a arreglar una rueda de una bicicleta e hizo tanta fuerza que acabó rompiendo la llave con la que intentábamos desmontarla. En esas situaciones a veces decimos educadamente, “la intención era buena pero…”. Recuerdo también a alguien que quiso colaborar en las tareas del hogar con la plancha y acabo quemando la prenda. Tenía buena intención pero acabó destrozando una hermosa blusa.

En la vida es importante tener buena intención. Pero la buena intención no basta. Además de la buena intención hay que saber hacer las cosas; hay que dominar la técnica. El apresurarnos con las cosas, el obrar con ligereza nos lleva a veces a equivocarnos.

En el evangelio de este domingo Jesús nos advierte que no podemos ser ligeros ni apresurados en nuestra manera de acoger el Reino de Dios. Y para explicarnos todo esto pone un ejemplo tomado de cómo se hacían las bodas en su tiempo.

En la época de Jesús la celebración de la boda comenzaba cuando, al atardecer, el novio iba a buscar a la novia a su casa. Allí era esperado por las amigas de la novia que identificaban su rostro ayudadas por lámparas, y después acompañaban a la novia, iluminando el camino, hasta el lugar de celebración. En la historia que Jesús nos cuenta el novio se retrasó y a cinco doncellas que no se habían aprovisionado de reserva se les acabó el aceite. Cuando llegó el novio no pudieron encender las lámparas y se perdieron el banquete.

Jesús nos dice que con el Reino de los Cielos nos ocurre como cuando somos invitados a una boda.

Una invitación de boda es una oportunidad de participar en una fiesta, pero una boda es algo más que una fiesta. Es un acontecimiento social en el que se expresan y fortalecen los vínculos personales de los invitados con los novios. En una boda de lo que se trata es de la relación de amistad y cariño que tenemos con quien nos ha invitado. Por eso hay que saber corresponder adecuadamente con la invitación. Quién piense que la participación en una boda consiste en tener una fiesta con una buena comida y nada más, se equivoca. En una boda se trata de nuestra relación con los novios. Se trata de honrarlos, de participar de su alegría, de acompañar su compromiso. Y todo ello exige un comportamiento adecuado, una manera de vestirse, alguna forma de corresponder a quienes confían en nosotros. A veces por ligereza puede ser que no tengamos en cuenta todos estos aspectos y nos equivoquemos en nuestro comportamiento.

Jesús nos ha invitado a la fiesta de su Reino. Y no podemos actuar con ligereza ante esa invitación. Ser cristiano es algo más que participar en una celebración. Se trata de la vinculación personal con Jesús. Y eso supone tener en cuenta su palabra, dialogar con él, tenerle presente en nuestra vida. Ese es el aceite que tenemos que poner en nuestra vida de fe, el de la relación personal con Jesús.