Homilía Solemnidad de la Trinidad. 26 de mayo de 20013

IMÁGENES DE DIOS y LA REALIDAD DE DIOS



A lo largo de la historia de la humanidad se han presentado diversas imágenes de Dios. Se le ha presentado como un juez, como un guerrero, como un animal poderoso, como un espíritu caprichoso… Hay también quienes dicen que Dios no existe y que es un invento de los hombres.

Los cristianos decimos que la cuestión no es cómo nos imaginamos a Dios nosotros, sino cómo Dios se nos muestra él mismo. Quién es realmente Dios nos lo puede decir Él mismo. Y para ello ha elegido un camino muy particular. Hacerse uno de nosotros en Jesucristo para decirnos y mostrarnos quién es Dios realmente. Jesús nos dijo que Dios es un Padre, que nos cuida y protege, que nos perdona y acoge. También que nos exige, nos hace responsables y nos ayuda a desarrollar nuestros dones.

Aunque en Jesucristo sepamos quién es Dios, Él permanece más grande que nuestro pensamiento. Y así como el mar no cabe en un bañera, o todo el cielo no entra en una fotografía, Dios es más grande que nuestras imágenes y nuestro lenguaje. Por eso para vivir la realidad de Dios no basta con acoger la palabra de Jesús. Hay también que recorrer su camino, vivir como Él vivió.

La vida de Jesús estuvo abierta y entregada al Padre, del cual era enviado, y al cual obedecía. Y tras su resurrección prometió a sus discípulos el envío del Espíritu. Por eso la Iglesia habla de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Habla de la Trinidad.

Para entender la trinidad tenemos que recordar las palabras de San Juan, “Dios es amor”. La esencia de Dios es el amor y por eso tiene que vivir en relación, en comunidad de amor. No hay amor sin relación. Amar es dar y recibir, entregarse y acoger. Esto es lo que quiere decir la trinidad de Dios. Que es relación y comunicación eterna. Entrega y donación absoluta.

Los seres humanos podemos experimentar algo del amor de Dios en el amor que nosotros mismos vivimos y entregamos a otras personas. Para amar hay que ser primeramente amado. Para dar hay que tener antes. Dios nos ama primero, nos da nuestra persona, y de ese modo es fuente continúa de nuestro amor y entrega.


Y al final de nuestros días esperamos que Dios nos tome en su vida de amor, en su entrega, permaneciendo allí para toda la eternidad.

Homilía de La Ascensión. Domingo 12 de junio de 2013


MIRAR DESDE LO ALTO

No he olvidado nunca la primera vez que subí al campanario de una catedral para contemplar desde las alturas la ciudad. Desde lo alto todo se ve muy cambiado. Las personas son diminutos puntos que se mueven de un lado a otro. Las casas que desde la calle parecen amontonarse unas junto a otras, desde las alturas se ven formando hileras y formas geométricas. Pero sobre todo me llamaba la atención que desde allí arriba parecía irrisorio el ajetreo de la ciudad.

Hace mucho tiempo que no subo a lo alto de un edificio a contemplar la ciudad. Y quizás me viniera bien hacerlo de vez en cuando. Estoy seguro que desde las alturas veré con otros ojos el ajetreo de cada día. Juzgaré de otra manera los roces cotidianos. No me angustiarán tanto las preocupaciones de cada día. De vez en cuando viene bien subir a lo alto para desde allí arriba contemplar las cosas desde la distancia y con otra perspectiva.

Los cristianos celebramos hoy la fiesta de la Ascensión. El sentido de la celebración de esta fiesta es llevarnos a una altura para ver las cosas de otra manera. Jesús quiere conducir nuestra mirada a ese lugar desde donde podemos ver las cosas con otra perspectiva. Desde allí arriba puede ser que percibamos que esas aspiraciones que tenemos y en las que invertimos tanto tiempo y energía no merecen la pena. Puede ser que caigamos en la cuenta que a veces descuidamos lo que realmente importa en la vida: nuestras relaciones con otros. O quizás se nos abran los ojos para darnos cuenta dónde está de verdad la fuente de la felicidad.

El cielo del que Jesús habla no es una torre. Tampoco es un lugar que se encuentre allí arriba. Es una dimensión de nuestra vida. Jesús quiere introducirnos hoy en esa dimensión de nuestra vida desde donde podemos ver y juzgar el sentido profundo de lo que hacemos y vivimos. Todos podemos utilizar la oportunidad de ver nuestra vida cotidiana con otros ojos, de tomar distancia de nuestros problemas. Utilicemos la oportunidad. Dejémonos llevar por Cristo hacia esa dimensión desde donde podemos ver todo con más claridad.